Comienza

Regístrese

Regístrate hoy Hágase miembro y acceda nuestro recurso

Ingresar

¿Eres miembro? Ingrese para acceder su cuenta

Consejos para las madres

por Les Thompson

(Este artículo fue uno de muchos escritos sin publicar que encontramos en la oficina de Les Thompson después de su partida terrenal)

Hay muchos elogios para las madres en el Día de las Madres: Ramos de flores, tarjetas, regalos, besos. Pero, hay otros elogios. Recuerdo uno de los Día de la Madre más alegres de Carolina. Fue en el año 1978. Nuestro hijo Daniel quien estaba cursando su segundo año universitario, le escribió esta carta:

Querida mamá:

Ha pasado otro año y te toca de nuevo la linda experiencia de celebrar el Día de las madres. Quiero decirte que he aprendido mucho acerca de ti durante este trimestre. Me imagino que te sorprenderá saber que aquí, tan lejos de casa, he aprendido a apreciar de veras la clase de madre que has sido.

¡Qué dichoso Papá en haberte encontrado! Como dice Salomón en Proverbios: «Así te decimos, mujer virtuosa, ¿quién la hallará? Porque su estima sobrepasa largamente a la de las piedras preciosas… Se levantan sus hijos y la llaman bienaventurada… muchas mujeres hicieron el bien, más tu sobrepasas a todas.»

Hay muchas mujeres buenas en el mundo, pero, mamá, ¡tú eres la mejor! ¿Cómo es que Salomón tantos años atrás te conoció y pudo escribir, describiéndote a ti? Cuando veo a otras madres y oigo a los hijos hablar de ellas, y veo la tragedia en esos hogares y el fracaso familiar, ¡Qué gratitud siento ante Dios por haberme dado una madre como tú! ¡Mamá, de veras que te amo!

Daniel

¿Qué podemos hacer como padres para que nuestros hijos tengan tan dulce y alto concepto de nosotros? ¿Qué disposición debemos tener y qué acciones podemos tomar para que los hijos adquieran una perspectiva piadosa con nosotros sus padres? A continuación ofrecemos algunos de los principios:

Debemos criar a nuestros hijos en los caminos del SEÑOR

A veces escuchamos a padres que dicen que esperarán hasta que los hijos crezcan para que elijan en qué creer. Es decir, prefieren no conducir a sus hijos hacia ninguna creencia para que ellos crean lo que quieran. Pero la evangelización debe comenzar en casa. Y los niños normalmente tienen el corazón tierno y abierto al mensaje de que Jesús el Salvador les ofrece el Cielo como regalo. Ellos más que nadie están aptos para creer en la promesa de Jesús, “De cierto, de cierto os digo: El que cree en Mí tiene vida eterna” (Juan 6:47). En nuestro hogar hicimos varias cosas para encaminar a nuestros hijos hacia Dios y Sus caminos. Aquí ofrecemos algunos consejos. Por ejemplo, enséñeles usted la Biblia. No espere para que otro tome esa responsabilidad. Léales la Biblia y busque áreas de interés de acuerdo a su edad. Busque en las librerías libritos bíblicos de acuerdo a sus edades. (Siempre asegúrese que el contenido concuerde con los que las Escrituras dicen, ya que algunos libros para niños agregan detalles que la Biblia no enseña.) También enséñeles a orar. Busque temas apropiados tales como oración en conexión con los alimentos, el sueño, la escuela, el papá en el trabajo. Mi hijo Eduardo oró así cuando una vez salimos de pesca: “Señor, ayúdanos para que no nos ahoguemos”. Y mi hijo Gregorio oró así en otra oportunidad: “Gracias por mamá, por papá, y por mí, y por Jesús. Por favor haznos más dinero”. Explique lo que significa “orar”. Y juntos alaben al Señor por oraciones contestadas.

Por supuesto, hagan del domingo un día importante. Asistir a la iglesia debe considerarse de primera importancia. No permita que eventos familiares, deportivos, vacaciones o cualquier otro sea el evento especial del día, sino la iglesia. Enseñe el buen comportamiento que se debe tener en la iglesia. Jamás olvidaré aquel domingo en que aprendí que la casa de Dios es un lugar sacrosanto. Tenía sólo seis años de edad: Estaba sentado en una banca de atrás con mamá, y mi padre predicaba. Como muchacho que era me puse a jugar con unos papeles, no prestando atención a la prédica. De pronto, mi padre se detuvo en medio del mensaje y con voz severa dijo: “Leslie, estamos en la casa de Dios, siéntate correctamente y escucha el mensaje”. Algo apenado me enderecé en el asiento y por unos minutos pretendí escuchar. Pero, la tentación al juego era más fuerte. Pronto estuve en lo mismo de antes: y hasta me bajé del asiento para jugar en el piso. Tan entretenido estaba con mis papeles que no me di cuenta de que papá había dejado de predicar. Había bajado del púlpito, venido a donde estaba yo, y sacándome de entre los asientos, allí, con la congregación observando, me dio una buena paliza y me sentó al lado de mamá. Enseguida regresó al púlpito y luego de unas observaciones apropiadas en cuanto a reverencia en la casa de Dios, siguió con su mensaje”.

Debemos ganar la amistad de nuestros hijos

Los padres deben ser los mejores amigos de sus hijos. Cuando nuestros hijos estaban en la adolescencia era muy difícil lograr que nos contaran sus cosas como cuando niños, así que Carolyn se inventó un juego: Cada día después de la cena cada uno de ellos debería contestar una pregunta de su madre con más palabras que un monosílabo. Así que Carolina tenía una ardua tarea tratando de pensar en las preguntas que les haría cada noche que nos puedan dejar saber cómo estaban sintiéndose o qué cosas importantes estaban pasando por sus vidas de adolescentes. Era también muy divertido. Confía en ellos ¡Cuánto vale la confianza! Recuerdo una vez, nuestro hijo mayor, Ken, era ya un adolescente y había hecho algo por lo cual Carolina y yo estábamos muy molestos y, a la vez, no sabíamos de qué manera castigarle para que aprendiera la lección, así que, para ganar un poco de tiempo y pensar, lo enviamos a su habitación castigado. Luego de un rato, él se presentó en medio de la sala, con sus pijamas puestas y resuelto a hablar. Le dije que estaba castigado y que volviera a su habitación pero me contestó, con mucha decisión, que yo estaba equivocado, que lo había castigado sin escuchar lo que él tenía que decir de cómo habían pasado las cosas y que él pensaba que debía ser escuchado. Accedimos a darle un voto de confianza y le permitimos que nos contase qué había sucedido. Pronto nos dimos cuenta que él tenía razón, que las cosas habían sido contrarias a lo que pensábamos y le pedí disculpas, le dije: “Gracias hijo por enseñarme que, como padres, debemos seguir aprendiendo cada día”.

Debemos poner a un lado nuestros propios placeres en beneficio de nuestros hijos.

En este punto los padres necesitan mucha ayuda de las madres. Por ejemplo: cuando el padre llega cansado del trabajo, y el hijo dice:

— Papi, ¡se me malogró la bicicleta!

El padre:

— Dando un grito: “Sal de aquí, no me molestes, ¿no ves que estoy cansado?”.

La madre tiene que intervenir y con mucho amor hacer que no queden resentimientos y llegar a un acuerdo.

¡Cómo me ha ayudado Carolina con esto! Muchas veces cuando yo llegaba del trabajo, encontraba a nuestros cuatro hijos todos preocupados porque habían estado jugando a las escondidas con mamá y ¡no la podían encontrar! Y era que Carolina era muy ingeniosa para este tipo de juegos. Una vez se había subido en una mata de un árbol de mango que teníamos en el jardín, pero, había subido tan alto que no podía bajar. En otra oportunidad, se había escondido dentro de un closet alto que se usaba para guardar cosas que no se usaban mucho ya que se necesitaba subirse en algo para alcanzar al closet. Bueno pues, ella se había metido en uno de los closets y había botado lo que había usado para subirse y ¡no podía bajar de allí!

Así también debemos hacer cosas con los hijos. Gracias a un muy buen amigo y la bondad de nuestro Señor, ¡llegamos a comprarnos un bote! Carolina estaba muy preocupada por cómo íbamos a pagar el bote pero se convirtió en el paseo más divertido, solicitado y beneficioso de nuestra familia. El bote era un bote pequeño, por lo tanto sólo cabíamos Carolina, nuestros cuatro hijos y yo. Así que allí pescábamos, conversábamos, orábamos al Señor por sus bendiciones y la naturaleza que nos regaló y nuestros hijos adoraban pasear en bote.

Conclusión

En realidad hemos estado hablando de las responsabilidades básicas de los padres — tareas que van más allá que sencillamente disciplinarlos cuando hacen algo indebido. Por cierto, se ha dicho que la disciplina, o el castigo, que se realiza fuera de un contexto de amor no tendrá resultados. Por un lado hay padres brutos y abusivos que dañan a los hijos tanto física como emocionalmente por toda su vida. No estamos hablando de esa clase de “disciplina”. Al contrario, hay disciplina que brota del amor de un padre hacia sus hijos.

Recuerdo un episodio en mi hogar —que parecerá increíble pero es rigurosamente cierto— cuando nuestro tercer hijo, Gregorio, tenía dos años de edad. Llegué una tarde, luego del trabajo, a casa. Cenamos. Después mi señora y yo nos sentamos en la sala para conversar. Gregorio entró a la sala y empezó a jugar. En esto se le ocurrió tomar un fino florero de madera que nos habían regalado mis suegros y tirarlo al piso. Me levanté y lo regañé y volví el florero a la mesita de la sala. Gregorio —que salió como su padre, cabeciduro— no me hizo caso y fue a la mesita, tomó el florero otra vez, y volvió a tirarlo. Me levanté y le dí unas palmadas en las nalgas. Como si nada: volvió al florero y otra vez lo tiró al piso. Le tomé en brazos y esta vez sí que le di duro. Ni echó una lágrima. Cuando le solté, otra vez regresó al florero y lo volvió a tirar al suelo. Ya esto era una declaración de guerra. La pregunta era quién iba a ganar: ¿El hijo pequeñito e inocente aunque travieso, o el padre grande y fuerte, responsable pero de corazón tierno?

Mi subconsciente me decía: Si le pasas esta travesura jamás podrás controlar a tu hijo. Mi corazón me decía: Es tan pequeñito y no sabe lo que está haciendo: déjalo que se salga con las suyas. Mi Dios me decía: “El que detiene el castigo, a su hijo aborrece” (Proverbios 13:24). Fui al lado de mi esposa y le pregunté si quería que desistiera. Entre sollozos me dijo que no, que a pesar del dolor que nos causaba, teníamos que enseñar al muchacho a obedecer. No sé cuántas veces le pegué. Yo amaba a aquel niño y les aseguro que el dolor que yo sentía al castigarle era indescriptible. En fin, yo también me encontré llorando y en un dilema entre la convicción de la necesidad de disciplinar a mi hijo y el temor de hacerle un daño físico.

Creo que pasaron como dos horas en este conflicto con el desobediente y obstinado muchacho. Él tomaba el florero y lo tiraba y yo lo alzaba en mis brazos y le pegaba. Por fin, una vez más Gregorio dio unos pasos hacia el florero, extendió su mano como si fuera a repetir su travesura y deteniéndose un instante, se volvió y corrió hacia mí. Tiró sus brazos alrededor de mi cuello y me abrazó, y por fin soltó un río de lágrimas. Entre sollozos me dijo: “¡Te quiero, papa!, ¡te quiero!”

Debo añadir que desde ese episodio difícil, Gregorio ha sido el más obediente de los cuatro varones que tengo. Todavía es cabeciduro y determinado, pero obediente. Tiene ese tipo de carácter que no se deja vencer fácilmente. Y esa tenacidad, en manos de Dios, servirá para llevarle lejos. Al aprender a obedecerme a mí, creo que también ha aprendido a obedecer a Dios.

Por extraño que parezca, la disciplina es un factor que contribuye a mantener el amor. Por otro lado —más allá de la disciplina— si demostramos el amor hacia nuestros hijos, si los criamos en los caminos del SEÑOR, si ganamos su amistad, y si ponemos su bienestar antes de nuestros propios placeres, nuestros hijos nos darán muchos felices Días de las Madres en los días por venir.