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¿Cómo se introducen los errores en la iglesia?

 por Les Thompson

Los desvíos ocurren cuando alguien inventa algún concepto religioso que no está en la Biblia. Se inicia como un pequeño cambio o una nueva idea que ayuda a la comprensión de alguna verdad. Al principio esa idea o concepto no causa preocupación, ya que no pareciera ser perjudicial para la fe. Pero luego se le van añadiendo otras ideas, y sobre esas otras más. Pronto aparece como una verdad o dogma que todo el mundo debe aceptar como si fuera bíblica. Así es como se abre la puerta a los errores que finalmente causan mucho daño a la fe.

Pongamos un par de ejemplos, uno antiguo, otro moderno.

En el cuarto siglo, en la iglesia cristiana de Alejandría, Egipto, había un joven que se preparaba para el sacerdocio. Su nombre era Arrio. Era muy capaz y estudioso de la Biblia, especializándose en la persona de Jesús. Su estudio le llevó a formular unos conceptos nuevos. Compartió sus ideas con amigos, que las hallaron fascinantes y razonables. Luego las compartió con algunos miembros influyentes de la congregación, quienes también las consideraron como aceptables. Decía:

Dejemos a un lado esa idea del nacimiento milagroso de Jesús. Pensemos, más bien, que llegó al mundo como cualquier niño normal. Lo vemos crecer, pero notamos que es una persona muy especial. Se ha dedicado a vivir en todo momento para Dios. Rehúye del pecado, busca la santidad. Tan complacido está Dios con él, que, cuando muere como mártir, a causa de sus convicciones, Dios le recompensa dándole divinidad.  Así Jesús es el sublime ejemplo para toda la humanidad. Si somos fieles y vivimos para Dios, también podemos llegar a ser divinos. ¿No creen ustedes que esto tiene mucho más sentido de lo que ha sido enseñado acerca de un Dios en tres personas? Ciertamente, ¿qué relación tiene esa abstracta fórmula matemática religiosa —un Dios en tres personas— con los problemas que hoy afligen a nuestra sociedad? Lo que como hombres necesitamos es un buen y noble ejemplo, no esa monstruosa especulación de un Dios en tres personas. Sólo hay un Dios, no tres. Jesús nos enseña cómo amar al prójimo. Nos enseña que hay que dar de comer al huérfano. Hay que abrigar a la indefensa viuda. Hay que vivir santa y piadosamente aquí en la tierra si queremos llegar a ser como Dios. ¡Dejemos a un lado esa idea irracional de una Santa Trinidad! Yo estoy convencido que Jesús llegó a ser Dios por la vida santa y pura que vivió. Así nos mostró a todos el camino.

Rápidamente muchos cristianos de Alejandría comenzaron a aceptar estos conceptos arrianos como verdad. Poco a poco las ideas fueron llevadas a Europa y a Asia menor. En cuestión de unos diez años la iglesia cristiana se encontraba dividida entre los arrianos, que rechazaban las doctrinas del nacimiento virginal de Jesucristo y la doctrina de la Santa Trinidad, y los cristianos ortodoxos que defendían las posturas antiguas y bíblicas. En el año 325, en la ciudad de Nicea, se congregaron representantes de todo el cristianismo para debatir el tema. Allí, formalmente, se condenó la herejía de Arrio y se estableció el muy importante Credo de Nicea, credo que enuncia y aclara en términos bíblicos que Jesús es Dios, y que es la Tercera Persona de la Santa Trinidad. A pesar de que se denunció el arrianismo en Nicea, esas ideas han seguido perturbando a la iglesia por siglos. Hoy el arrianismo es propagado por la Iglesia Unitaria y por los llamados Testigos de Jehová.

De forma parecida, en todas las iglesias y confesiones, aparecen nuevas creencias que rápidamente encuentran arraigo entre cristianos. Incluso las evangélicas hoy día tampoco están inmunes. Sólo hay que repasar un libro de herejías para notar la asombrosa cantidad de veces que iglesias se han desviado del camino. Aparecen los errores cuando se comienza a enfatizar alguna enseñanza bíblica, y esta se convierte en el énfasis principal. Poco a poco tal iglesia deja a un lado el énfasis evangélico y se dedica a enseñar y propagar sus doctrinas dañinas, que, probablemente, han llegado al punto de ser heréticas. Se sustituye el evangelio de Jesucristo por otro mensaje, y la predicación constructiva de la Biblia desaparece.

El mensaje que debe ser central en toda iglesia está claramente resumido por el apóstol Pablo cuando dice:  Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres, enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente, aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo, quien se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras (Tito 2:11-14).

¡Qué fácilmente nos cansamos de predicar esa grandiosa salvación que ha sido manifestada en Jesucristo a favor nuestro, pecadores inmerecedores! ¡Qué fácil nos es dejar de predicar temas que condenan nuestros deseos y tendencias pecaminosas, y culpar al diablo por nuestros pecados! ¡Qué difícil nos es apartarnos de los atractivos del mundo y vivir de forma mesurada, recta y de acuerdo a las instrucciones de las Escrituras! ¡Cómo nos distraemos por esto y aquello, en lugar de prepararnos en esta vida para el cielo eterno que nos espera! ¡Con qué facilidad buscamos cosas para entretenernos en lugar de entregarnos a vivir en pureza personal y hacer aquellas cosas que testifican de la verdad de Dios al mundo perdido!

Muchas son las historias que se podrían contar de cosas que la iglesia hace y ha llegado a enfatizar en sustitución del evangelio. Para ilustrar este fenómeno, pensemos en la manera en que en estos años recientes ha aparecido el énfasis extraordinario sobre ángeles y demonios. En algunas iglesias hoy día se habla más del diablo que de Cristo. Se ha llegado a sustituir sutilmente el evangelio de Jesucristo por un mensaje dedicado a los demonios. Puesto que este énfasis es bastante nuevo, podemos trazar con facilidad la manera en que fue introducido gradualmente.

La Biblia nos dice que «el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quién devorar» (1P 5:8). Es una declaración general que sencillamente explica la presencia de Satanás en el mundo y habla de su naturaleza devoradora. El texto no da detalles, meramente explica que Satanás se parece a un león. El problema salta cuando tan breve explicación no satisface a los curiosos. Quieren saber más de ese misterioso ser. Y la Biblia nos cuenta más. San Pablo, en el capítulo seis de su carta a los Efesios, habla de una lucha que no es contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los poderes de este mundo de tinieblas, y contra unas huestes espirituales de maldad en las regiones celestes.

Estas breves frases, aunque contienen poco detalle, están preñadas con múltiples posibilidades, refiriéndose no sólo a poderes demoníacos, sino también a los ángeles buenos de Dios. El que quiere ser bíblico templaría sus interpretaciones estudiando las enseñanzas claras acerca de estos ángeles buenos y ángeles caídos a través de la Biblia, ya que se encuentran importantes referencias al tema desde Génesis tres hasta Apocalipsis veinte. Si ese cuerpo de enseñanza bíblica es ignorado, la tendencia será exagerar o añadir a lo que la Biblia dice. Ahí, precisamente, estriba el problema, cuando alguien con una imaginación viva comienza a inventar y a añadir (recordemos la advertencia de Ap 22:18-19). El resultado es que se difunde un mundo de fantasía demoníaca, ideas totalmente falsas y equivocadas sin base bíblica.

No hay duda que la existencia de estos seres diabólicos funestos despierta interés —y no sólo entre cristianos. Fíjense en lo que muchos cineastas incrédulos han creado y presentado: EL BEBÉ DE ROSMERY, RESCATE EN EL BARRIO CHINO, EL POZO Y EL PÉNDULO, LA NOCHE DEL DEMONIO, EL ABOGADO DEL DIABLO, LAS ABUELITAS SATÁNICAS, ESCALOFRÍO DIABÓLICO, EL ESPIRITISTA, EXORCISMO, GRITOS EN LA NOCHE, EL JOROBADO DE LA MORGUE, LAS JOYAS DEL DIABLO —por nombrar algunas.

No es de sorprenderse que autores cristianos también hayan aportado sus propias creaciones. Convencidos de la realidad de un mundo diabólico, y armados con algunas ideas bíblicas, han pretendido contarnos cómo se manifiestan los demonios, cómo están organizados, cuánto poder tienen, los lugares donde aparecen hoy, y cuál es la manera de controlarlos y vencerlos. ¡Increíble la cantidad de conclusiones a que han podido llegar, a pesar de que hay tan poca base bíblica para ello! Presentamos como ejemplo libros como Líbranos del mal (Don Basham, 1972), El adversario (Mark Bubeck, 1975), Lo que los demonios pueden hacer a los santos (Cerril Unger, 1977), La posesión demoníaca y el cristiano (Fred Dickason, 1987), etc. Pareciera que con cada nuevo título se suman más ideas novedosas infernales. Por supuesto, el tema atrae a lectores curiosos que quieren conocer a este mundo de espanto tenebroso.

Escuché a un colega (de otro seminario) defender estos excesos: «La Biblia —dijo— no tiene suficiente información acerca del diablo y sus demonios, por tanto tenemos que ir a otras fuentes para saber cómo son y cómo contrarrestarlos». Las fuentes a las que él se refería eran brujos y personas poseídas de demonios, cosa que la Biblia rotundamente condena: «Y cuando os digan: Consultad a los médium y a los adivinos que susurran y murmuran, decid: ¿No debe un pueblo consultar a Dios? ¿Acaso consultará a los muertos por los vivos? ¡A la ley y al testimonio[la Biblia]! Si no hablan conforme a esta palabra, es porque no hay para ellos amanecer» (consulte también Dt 18:10-13). Cuando se llega a la conclusión que la Biblia no nos da suficiente información sobre un tema tan importante como lo es la doctrina de Satanás y sus demonios, equivale a decir que Dios nos ha fallado — ¡pensamiento equivocado!

Últimamente varios de nuestros autores cristianos han lubricado muy bien sus imaginaciones, han llenado sus células cerebrales de gasolina, y han pisado el acelerador a fondo, creando un tremendo mundo demoníaco. Sus lectores se han vuelto locos con estas fabricaciones, imaginándose demonios donde quiera que miren. Lo triste es que muchas iglesias han aceptado estos libros como si fueran inspirados, confundiendo la ficción con la teología, demonizando los pecados, y creado un exagerado mundo lleno de diablos y demonios.

No hay duda que el novelista Frank Peretti —junto a varios otros escritores— dio rienda suelta a su imaginación cuando escribió Esta Patente Oscuridad en 1986. Creó una serie de ideas que sus lectores tristemente han convertido en doctrina. La venta de esta novela, editada en varios idiomas, excede a ocho millones de ejemplares, así de popular ha sido. Como obra de ficción ciertamente es loable. Le mantiene al lector atado a sus páginas, absorto en el complot. Con tal que se recuerde que es todo un invento, no hay problema. Es cuando esas ideas se toman como revelación doctrinal que es abominable. El mismo Peretti, en una entrevista con la revista World, admite que se ha quedado asombrado por la manera en que tantas iglesias han aceptado su creación como doctrina inspirada.

¿De dónde sacó Peretti esos demonios tan gráficos y tan atormentadores? Algunos apuntan a un escrito reciente de índole biográfico, The Wounded Spirit, (Espíritu herido) donde él cuenta su difícil niñez. Nos dice Peretti que era hijo de misioneros pentecostales que trabajaban en Canadá. Nació en medio de una terrible tormenta de hielo. De muy niño descubrieron en su cuello un quiste higromático que, cuando fue operado, se convirtió en un enigma para los médicos. Después de siete operaciones infructuosas, dice: «mi lengua se inflamó, quedando extendida fuera de la boca, goteando una sustancia que al exponerse al aire se convertía en costra negra. Se me caía la baba constantemente, dejando mi boca y barbilla cubierta de sangre y de esa sustancia negra». En la secundaria llegó a ser objeto del abuso y ridículo de sus compañeros de clase. Oraba pidiendo de Dios auxilio y rescate, pero, al parecer, nunca fue escuchado. Dice que sus padres insistían en que «tenía que ir a la escuela, hacer sus deberes, cumplir con sus estudios, mantener sus zapatos amarrados, ir a la cama a la hora indicada, comer sus vegetales sin quejarse y cumplir sin cuestionar la autoridad de ellos.»

Con una niñez como esa (quizás la niñez del poeta italiano, Dante Alighieri —1265 a 1321— fue parecida; Él fue el autor de La Divina Comedia (que trata la visión que tuvo del infierno, el purgatorio y del cielo), es fácil comprender como se puede imaginar a un mundo lleno de terribles demonios, de vestir al diablo de rojo, darle cuernos, asignarle un tridente negro y rodearlo de un enorme y poderoso ejército de demonios. Luego, mirando todo lo horrible que ocurre todos los días en nuestro triste mundo, visualizar millones de demonios en acción —sea cual sea su colorido y repugnante apariencia. Está claro que si los demonios tienen la culpa de todo el mal que ocurre en el mundo, han de ser miles de incontables miles, un enorme ejército bien organizado, con sus príncipes, con sus territorios bien delimitados, con sus órdenes claramente especificadas, haciendo guerra espiritual contra Dios, su iglesia —incluso la humanidad entera.

El problema teológico es que la Biblia no asigna la culpa del mal en el mundo ni al diablo ni a sus demonios. La Biblia dice: cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido. Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte (Santiago 1:14-15). Otra vez: He aquí, no se ha acortado la mano del Señor para salvar, ni se ha endurecido su oído para oír, pero vuestras iniquidades han hecho separación entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados le han hecho esconder su rostro de vosotros para no escuchar. Porque vuestras manos están manchadas de sangre, y vuestros dedos de iniquidad; vuestros labios hablan mentira y vuestra lengua murmura maldad (Is 59:1-3; véase también Ro 3:10-17). La raíz del mal en el mundo no es el diablo. ¡La Biblia culpa todo lo horrible en el mundo a la pecaminosidad de los hombres!

Pero, continuando con la historia, si lo que Peretti dice fuera cierto, entonces tendríamos razón para, como el Quijote, aceptar lo propuesto de la novela, y con la ayuda de Sancho y Mengano hacerle frente a estos monstruos e invisibles fortalezas. Si aun el 60 por ciento de lo que cuenta Peretti fuera correcto —doctrinalmente hablando— entonces podríamos atribuirle al diablo y a sus demonios todo lo malo que ocurre en el mundo, desde guerras y plagas, hasta la pérdida de aquellos costosos aretes que se cayeron en el lavamanos. Además, cuando se pincha una llanta, culpárselo a un demonio. Cuando cayó el niño de la mesa (donde no debiera haberse trepado), «¡fue un demonio que lo tumbó!» También reclamarle el fricasé que se quemó, porque el desgraciado demonio se metió en la cocina. Incluso, esa cortada en el dedo picando zanahorias fue nada menos que un condenado demonio que hizo resbalar el cuchillo.

En fin, estas aborrecibles criaturas se encuentran atormentándonos día y noche, queriendo poseernos, impidiendo nuestro progreso, molestándonos a cada paso y, por supuesto —ya que así son—, tentándonos con los peores pecados. Por supuesto, arrastrando esas ideas podemos declarar que ellos son los causantes de nuestras caídas espirituales, de nuestros desvíos en el error, y de nuestra indiferencia espiritual (sin mencionar todo lo que hacen para afligir a nuestros hijos, familiares, amigos y amistades). Y, como si todo esto no fuera suficiente, descubrimos que también se han dedicado a atacar nuestros hígados, riñones, vesículas, oídos, lenguas y gargantas, para enfermarnos con cánceres de todo tipo. Hoy por hoy, para seguir la última ola, se expurgan por vómitos inducidos. Si, como venimos diciendo, todo esto tuviera respaldo y origen bíblico, ciertamente sería hora como pueblo de Dios de organizarnos y unirnos para hacerles la guerra. Pero, ¿en qué libro de la Biblia se nos dan tales detalles?

Por supuesto, para abonar aun más nuestra imaginación, han aparecido muchos otros libros. Paretti es sólo un autor entre muchos de los que se han dedicado a alertarnos en el siglo XXI del horripilante mundo demonológico que reta acabar con todos. Al parecer, cada mes descubrimos nuevos tomos con nuevas tramas y más horribles demonios, que podemos vencer al usar las extraordinarias técnicas expuestas por sus autores. En particular debemos destacar los escritos de Rebecca Brown, ayudada por la bruja convertida, Elaine, y los libros La Divina Revelación del Infierno y La Divina Revelación del Cielo por Mary K. Baxter, que se distribuyen como si fueran tratados teológicos con gran fundamento bíblico.

¿Qué ha pasado? Primero, todo lo malo que ocurre en el mundo lo están metiendo dentro de un mismo saco: el de los demonios. Segundo, la vida cristiana se entiende sólo en términos de hacerle guerra espiritual a estos espíritus infernales. Tercero, se ha convertido a cada cristiano en un guerrero unidireccional. Es decir, solamente ve a demonios y no reconoce las muchas otras cosas que afectan perniciosamente a la vida del cristiano (por ejemplo: el pecado personal, el amor al mundo y esa naturaleza humana inclinada a desobedecer a Dios). Cuando la espiritualidad sólo significa batallar demonios, el cristianismo se ha convertido en un fanatismo increíblemente morboso. ¿Cuál es el resultado? Con la búsqueda y lucha contra demonios al pobre cristiano se le deja tan agotado que no tiene tiempo ni energías para disfrutar siquiera de las cosas buenas de la vida. Tampoco puede decir, «Para mí el vivir es Cristo».

¡Pero aún peor! ¡El diablo es el ganador! Distraído por una incesante guerra espiritual, el fatigado y desgastado creyente no encuentra ni hambre ni tiempo para Cristo. Después de tanta lucha, ¿quién quiere leer y estudiar la Biblia? Ni siquiera hay tiempo para disfrutar de la familia. La vida cristiana se ha convertido en una prolongada guerra en la que no existe tal cosa como la abundancia de gozo que debe acompañar al que vive para Cristo (véase Jn 10.10).

San Pablo nos cuenta de la tendencia de los Corintos de aceptar toda nueva doctrina que aparecía, ya que les encantaba lo novedoso: Porque si viene alguno predicando a otro Jesús que el que os hemos predicado, o si recibís otro espíritu que el que habéis recibido, u otro evangelio que el que habéis aceptado, bien lo toleráis. Esa misma tendencia, no sólo de tolerar cualquier novedad predicada, sino de entrar de lleno en esas doctrinas se evidencia en nuestro mundo hoy. Por cierto, es una manifestación del postmodernismo que ha penetrado la iglesia —buscar lo que más gusta, satisfacer la intriga de lo místico, experimentar cosas sensacionales, personalizar nuestras luchas, creyendo que hacemos guerra contra unas fuerzas invisibles extraterrestres misteriosas. Es fascinante ver cuánto atrae lo macabro.

En contraste, lo bíblico —lo que requiere estudio y es sensato y provechoso— eso parece demasiado aburrido. Hoy se persigue lo dinámico, lo peligroso, lo espeluznante, lo movido, lo que se opina es vivo y viril. Y así las multitudes se dejan llevar por estas enseñanzas. Pronto debajo de cada cama, detrás de cada puerta, tras cada accidente, a posteriori de cada cosa mala que ocurre se ven a demonios escondidos. Prefieren un mundo precario, lóbrego y tenebroso —un lugar lleno de espíritus inmundos donde da miedo vivir— en lugar de este mundo hermoso que Dios creó y donde Jesucristo está estableciendo su eterno reino.

¿Qué nos enseña la Biblia en cuanto al mundo espiritual? Nos informa que Dios hizo todo, incluso los ángeles, y los hizo «bueno en gran manera». Pero, descubrimos de varios textos que hubo una rebelión en el cielo y un grupo de ángeles «no guardaron su dignidad, sino que abandonaron su propia morada» (Judas 6). En 2P 2:4 leemos que «Dios no perdonó» a los ángeles que pecaron, por tanto les espera la eternidad en el infierno. Del estudio de Sal 78:49; Mt 25.41; Ap 9:11; 12:7-9 entendemos que estos ángeles caídos están asociados a Satanás y le sirven. Dios, al igual que a nosotros los hombres, les dio a todos los ángeles soberanía limitada. Esa soberanía controlada se ve ilustrada en los capítulos 1 y 2 de Job por las limitaciones que Dios les impone. Satanás y sus demonios no están sueltos en el mundo para hacer lo que les da la gana.

Sólo cuatro veces en el Antiguo Testamento (Lv 17:7; Dt 32:17; 2 Cr 11:15; Sal 106:37) se mencionan los demonios, indicación clara que no deben ser prioritarios en el pensamiento del pueblo de Dios. En la mayoría de estas citas, los demonios están relacionados con la idolatría de las religiones paganas. En el Nuevo Testamento son mencionados 63 veces, enseñando que ni son todopoderosos, ni omnipresentes, ni omniscientes. Son por cierto limitados en la manera que pueden afectar a los creyentes en Jesucristo (1Co 10:13). Es más, en todo el Nuevo Testamento no se encuentra siquiera un creyente nombrado que fuera endemoniado. Al contrario, hay frases claras que desmienten el gran poder que hoy día muchos le atañen. El Apóstol Santiago dice sencillamente que todo lo que tiene que hacer un creyente es: resistid, pues, al diablo y huirá de vosotros (Stg 4:7).

¿Adónde habitan? La Biblia nos informa que pertenecen al mundo invisible, sobrenatural, y no a nuestro mundo material. San Pablo dice que estas «huestes espirituales de maldad» moran en «las regiones celestes» (Ef 6:12). Esa idea de que habitan en artefactos de cerámica antigua o moderna, particularmente indígena, o que están en documentos de ancestros guardados en una gaveta, o que cuando uno transporta ciertos objetos de su tierra natal, o lleva documentos de padres y abuelos, etc., lleva a ciertos demonios, dándoles entrada a otros países, todo es puro invento, mito, fantasía y superstición. Sabemos que fueron expulsados del cielo puro y santo donde habita Dios con sus santos ángeles, pero, aparte de decir que están en las «regiones celestes» y que Satanás es el príncipe de la potestad «del aire» (Ef 2:2), no tenemos más información. Cierto es que tienen acceso especialmente al mundo de tinieblas, pero no en el mundo que pertenece a Jesucristo. Lo seguro es que un día serán sellados para siempre en el lago de fuego y azufre preparado para ellos (Ap 20:10; Mt 25:41).

Las actividades de los demonios
A.A. Hodge en su Bosquejos Teológicos dice: «En cuanto a las almas de los hombres, Satanás y sus ángeles no poseen poder alguno ni para cambiar los corazones ni para forzar a nadie a hacer su voluntad. El poder de Satanás y sus huestes demoníacas sobre los hombres es solamente moral, ejercido por decepciones, sugerencias y persuasiones. Las frases bíblicas describiendo sus obras incluyen expresiones como «engaños y obras de injusticia», «poder, señales, y prodigios mentirosos» (2Ts 2:9-10); transformándose en «ángel de luz» (2Co 11:14); «engaños» (Ef 6:11); «cegando la mente» (2Co 4:4), «cautivando la voluntad» (2Ti 2:26; «engañando, si puede, al mundo entero» (Ap 12:9). Si no gana por medio de sus persuasiones, utiliza sus «dardos de fuego» (Ef 6:16) o «abofetea [no dice posee] a los que le resisten» (2Co 12:7). Como ejemplos de su forma de obrar, estúdiense Génesis 3; a David (1Cr 21:1); Judas (Lc 22:3); Ananías y Safira (Hch 5:3) y la manera en que tentó a nuestro bendito Jesucristo (Mt 4)».

De acuerdo a lo que nos enseña la Biblia, Satanás y sus demonios, se especializan en tentaciones y engaños:

  1. Inducen a la impureza moral (Mt 10:1; Mr 5:13; Dt 18:9-14).
  2. Propagan doctrinas falsas (1R 22: 21-23; 2Ts 2:2; 1Ti 4:1).
  3. Se oponen a los hijos de Dios (Ef 6:12).
  4. Poseen seres humanos (Mt 4:24; Mr 5:8-14; Lc 8:.2; Hch 8:7; 16:16), sin embargo, en todo el Nuevo Testamento no hay siquiera un caso de un creyente poseído.
  5. Y en ocasiones son usados por Dios para cumplir Sus divinos propósitos (Jue 9:23; 1S 16:14; 1Co 5:5; Ap 9:1-12; 16:13-16).

Recordemos que siempre emplean mentiras, señales y milagros engañosos para hacernos creer en ellos, y para perjudicarnos y tentarnos a caer (Ap 16:14; 2Ts 2:9). Su influencia, sin embargo, es sólo moral y espiritual. No tienen el poder para forzar a nadie a cometer pecado, ni para que vayan en contra de la voluntad de Dios. Todo hombre, por haber sido dotado con libre albedrío, siempre es responsable de sus propias acciones. Nunca puede decir, «¡La culpa la tiene el diablo!»

Si el diablo y sus demonios fueran los responsables de los pecados que cometemos los hombres, entonces Jesucristo murió en la cruz en vano, no tuvo que derramar su sangre «por nuestros pecados», sólo hubiera tenido que destruir a Satanás. Nosotros somos los que pecamos, nosotros somos los responsables de nuestras iniquidades, nosotros todos tenemos que rendir cuenta a Dios por nuestras obras (2Co 5.10). Al tratar el tema de Satanás y sus demonios, de corazón y por el bien de creyentes que tienen poca instrucción, busquemos sobre todo ser bíblicos. Ya hay suficiente error, no seamos culpables de añadir más.