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¿Cómo me alejo de la pornografía y masturbación?

PREGUNTA:

Desde pequeña he visto pornografía. A lo largo del tiempo, se fue incrementando y aumento a vídeos y a la masturbación. Ahora que he conocido al Señor se me es muy difícil dejarlo. ¿Cómo podré dejar la masturbación y la pornografía si desde niña he sido expuesta? Quiero dejar en claro que no he tenido relaciones. A pesar de todo no he llegado hasta ese punto, y no quiero llegar. Estoy muy preocupada, se ha vuelto una carga insoportable… quiero ser una mujer limpia, sana.

RESPUESTA:

La primera cosa que debes saber es que el Santo Dios te ama a pesar de tus pecados y caídas. La segunda cosa que tienes que comprender es que Jesús te ha perdonado, no importa cómo eres. (Recuerda que él perdonó a un ladrón en la cruz, y no pidió nada más de él sino confianza en él como Señor y Salvador.) La tercera cosa que tienes que conocer es que nadie en el mundo tiene la fuerza en sí para vencer el pecado arraigado en nuestros corazones. Solo por el poder que nos da el mismo Espíritu de Dios podemos vencer. Habiendo dicho esto como base, busquemos las maneras de hacer estas verdades reales en tu vida.

1. Recuerda el amor mostrado por Jesucristo a la mujer capturada en el acto de adulterio (Juan 8:3-11). Los escribas y fariseos (los religiosos de sus días) la condenaron y no tenían ni una gota de misericordia, pero Jesús la trata con respeto y viene a su defensa. Uno pensaría que él sería el primero en condenarla. ¿Sería que a Jesús no le importaba lo que ella había hecho? Por supuesto que le importaba (por ella —y todos los demás de nosotros que hemos pecado— el tendría que ir a la cruz) ya que era Dios, el pecado de ella y el de los demás le molestaba. Recuerda lo que dice Malaquías 1:13, que Dios es “muy limpio de ojos para ver el mal, ni puede ver el agravio”. Imagínese lo que ha de haber sufrido Jesucristo al ver todo el pecado que le rodeaba, pero sabía que precisamente para traer el remedio a ese pecado es que había venido al mundo. Lo que le molestó particularmente a Jesús en aquel momento era el “agravio”, la vergüenza que esos hipócritas hacían pasar a aquella mujer. Sabiendo que no hay nadie sin pecado, sencillamente dijo: “El que está sin pecado, tire la primera piedra”. Quizás lo que escribió en la tierra era pecados escondido de algunos del ellos. Sea como sea, cuando se fueron todos lo acusadores de ella, Jesús le dijo, “Yo tampoco te condeno, pero ve, y no peques más”. ¿Es que no le importó el pecado de ella? De ninguna manera, es, como dice el Salmo 103:14, que “ él conoce nuestra condición; se acuerda de que somos polvo” (débiles, incapaces, pecadores). Lo que estoy tratando de decirte es que Dios te ama, te ama verdadera y sinceramente, a pesar de tu pecado. Él sabe que ‘eres polvo” y no puedes con este pecado en particular que te a capturado.

2. Te aseguro que Jesús te ha perdonado, y perdonado tan absolutamente que si fueras a morir en este instante irías al cielo para estar a su lado para siempre. ¿Cómo te puedo decir esto? Me indicas en tu carta que has confiado en Cristo, que has agonizado por tu pecado y que le has pedido perdón mil veces. Te aseguro que Cristo, quién murió en la cruz para llevar la culpa de tu pecado sobre él mismo, ha declarado acerca de ti “¡PERDONADA!” Es él quien nos ha dicho: “Si confesamos nuestros pecados el es fiel y justo para perdonarnos nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9). Me doy cuenta que no te sientes perdonada puesto que sigues volviendo a esos hábitos que arrastras desde niña, y cuando uno sigue en pecado el corazón se llena de dudas. Debes recordar que no eres la única en tener este sentir, ni este tipo de lucha. El mismo Apóstol Pablo nos informa en Romanos 7:18-a 8:1 que tuvo una lucha muy parecida a la tuya:

Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí. Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí. Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros. !Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?

Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro. Así que, yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado. Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu.

La historia es larga, y la debes conocer. Nuestros primero padres, al desobedecer a Dios, mancharon a toda su posteridad con el pecado, y es por esto que tu, y yo, y todo el mundo luchamos con pecados, y con hábitos, y costumbres que son ofensivos a Dios. Esto fue lo que obligó a Dios a mandar su Hijo al mundo para darnos una salida. En la cruz el cargó con cada uno de tus pecados, y cada uno de los míos, y de los de cada ser humano que ha vivido. Pagó a Dios el Padre nuestra deuda (deuda que ninguno de nosotros pudiera haber pagado) y nos abrió por medio de él el camino al cielo. Por eso Pablo, en medio de su lucha, da gracias a Dios por Jesucristo, y el hecho de que cuando confesamos nuestros pecados y buscamos su perdón, Dios en respuesta nos dice: Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu. Y esto nos lleva al tercer punto:

Ahora te recuerdo lo que dije al principio: nadie en el mundo tiene la fuerza en sí para vencer el pecado arraigado en nuestros corazones. Solo por el poder que nos da el mismo Espíritu de Dios podemos vencer. Pablo dijo: ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu. “Estar en Cristo” significa que para todo confiamos en él, que en toda circunstancia sabemos qué le pertenecemos a él y procuramos obedecerle. El secreto para triunfar sobre el pecado está en la segunda parte de esa oración: No andar conforme la carne (entregándonos a nuestros deseos y pasiones), sino conforme al Espíritu. Dios ha puesto en todos nosotros lo que llamamos “nuestra voluntad” —el mecanismo interno que hace las decisiones. Todo lo que hacemos viene porque decidimos hacerlo. No actuamos accidentalmente, sin voluntariamente. Entonces el problema es controlar esa voluntad. Y para esto Dios nos ha dado su Espíritu Santo, a quién debemos entregar el timón de nuestra vida. Es algo así: Señor, cuando yo hago las decisiones, esas me llevan a entregarme a hacer lo que me gusta. Pero, Señor, si te entrego a ti (al Espíritu Santo) ese deber, voy a obedecerte a ti y voy a hacer lo que quieres que haga. Entonces no voy a pecar. Cada vez que peco estoy haciendo mi voluntad. Cada vez que hago lo bueno, estoy siendo dirigido por el Espíritu de Dios. Es un estilo nuevo de vida, una forma distinta que nos ayuda hacer las decisiones correctas. Por esto en Romanos 12:1-2 se nos pide: Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional. No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento [nuestras mentes], para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.

Ahora que te he dado los principios importantes que tienes que comprender para aceptarte a ti misma, y para entender lo que Dios ha hecho por ti, y la confianza que ahora tienes que depositar en lo que Dios, por su Espíritu Santo hará en ti, termino con unas ideas prácticas. Cuando hay hábitos establecidos desde la niñez, estos son muy difíciles de romper. Acepta esa realidad (y esto es algo que ya reconoces por lo que has dicho en tu carta). Pero no te des por vencida, como que no puedes hacer nada para cambiar y limpiar ese aspecto penoso de tu vida. Por cierto se ve que quieres vencer esos hábitos, por lo tanto decídete tomar el paso de pedir de Dios su Espíritu Santo para tomar el timón de tu vida. Esa es una decisión interna y una decisión voluntaria y una decisión definitiva. En las noches cuando te acuestas, aparta un tiempo para leer unos capítulos de la Biblia (para que tu mente esté puesta en Dios en lugar de pensamientos adversos). Recomiendo que comiences con el libro de Génesis y que leas por lo menos un capítulo (mejor sería leer tres), y determinas leer a través de toda la Biblia. Si la televisión o una computadora es la que levanta pensamientos impuros, deja de ver televisión por un tiempo (el mundo vivió unos cuantos siglos sin televisión) y usa la computadora solo para trabajo. Si son revistas, deja de comprarlas. En otras palabras, quita de tu vista todo aquello que estimule pensamientos impuros. Aprende varios versículos de la Biblia de memoria, y cuando te vienen pensamientos impuros, de inmediato comienza a contra restarlos citando esos versículos. Aprende Las Bienaventuranzas de memoria (Mateo 5:3-12), el Salmo 23 de memoria; el Salmo 1; Isaías 53:5 y 6 y otros textos que te gusten. Cada mañana al levantarte has una oración: “Gracias Señor que te pertenezco. Gracias por salvar mi alma y perdonar mis pecados. Hoy quiere vivir para agradarte en todo. Ayúdame y dame la fuerza para no pecar. Y, Señor, hoy quiere hacer algo para que el mundo se de cuenta que te amo y te sirvo. Dame esa oportunidad. En el nombre poderoso de Jesucristo te lo pido, amén”. Por supuesto en tus oraciones puedes incluir a tus seres amados y a tu iglesia. Luego, en la noche, luego de leer la Biblia, toma unos instantes para darle gracias a Dios por la ayuda que te dio para vivir cristianamente.

Espero que estas ideas y sugerencias te sirvan de ayuda. Por favor, ya que en ocasiones vas a caer —no vas a vencer estos hábitos formados durante años en dos o tres días— quiere que sepas que estamos para ayudarte y animarte. Cuando las tentaciones son tan fuertes que no sabes que hacer, vuelve a escribirnos. Procuraremos ayudarte a crecer en Cristo.

Les Thompson