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¿Cómo es el Dios que yo amo?

 por el Dr. Les Thompson*

Últimamente me ha quedado sonando y repitiéndose en mi cabeza las palabras de la bendición apostólica como si fuera una hermosísima sinfonía betoviana:

La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios, y
la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros. Amén (2 Co 13:14).

Estas breves palabras del apóstol representan una síntesis o resumen exquisito de lo que es nuestro glorioso Dios. La manera cautivante en que esta sinfonía nombra a cada persona de la Trinidad —para luego, y con sólo una palabra, describir la precisa virtud que el Hijo, el Padre y el Espíritu Santo derraman sobre nosotros— es maravillosa.

La gracia del Señor Jesucristo

Fascina el hecho de que la bendición comience con la Segunda Persona de la Trinidad, y no con el Padre. ¿Será porque, como raza caída, sin la mediación de Cristo Jesús no tenemos acceso alguno a Dios? En cuanto a nosotros y nuestra comunicación con Dios, absolutamente nada puede ocurrir sin Jesucristo.

También nos detenemos ante el nombre usado. No se le llama sencillamente “Jesús”. Se le da su título completo: el Señor Jesucristo. “Señor”, declarando su divinidad, y Jesucristo, recordando la dualidad de su persona (“Jesús”, su nombre humano; y “Cristo”, su nombre divino). No podemos olvidarnos que es el Mesías ungido de Dios.

La preciosa virtud que Jesucristo derrama sobre nosotros es la gracia —¡favor inmerecido! Cuando leemos el periódico, o escuchamos la radio o la televisión, no falta el día en que las noticias no cuenten crímenes horrorosos y abusos imperdonables. ¡Qué terriblemente nos portamos los unos con los otros! Cuán cierto lo que afirma la Biblia acerca de nosotros:

– No hay quien busque a Dios.
– No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno.
– Nuestras bocas están llenas de maldición y de amargura.
– Nuestros pies se apresuran para derramar sangre;
– Quebranto y desventura hay en nuestros caminos;
– No hay temor de Dios delante de nuestros ojos.

Ciertamente merecemos condenación y no misericordia. Pero queriendo allegarse a nosotros —que tanto lo necesitamos—, Jesucristo vino derramando gracia, haciéndonos incomprensiblemente objetos de su favor.

El amor de Dios

Cuando leemos la Biblia, nuestra primera visión de Dios es la de un incomparable Creador que incansablemente formó todas las maravillas que nos rodean en el cielo, la tierra y debajo de la tierra. Pero luego, al pasar unas páginas, lo vemos más bien como un incomparable Amante que no sólo elige a un pueblo, sino que lo ama con un amor inquebrantable. Leyendo lo que dicen los profetas, las expresiones de ese amor nos dejan boquiabiertos. Cuentan que Dios dice: Cuando Israel era muchacho, yo lo amé (Oseas 11:1). Asombrosamente continúa diciendo que cuando Israel le fue vergonzosamente infiel, Él —como esposo traicionado que fue— no dejó de amarla. Más bien expresó la agonía y el terrible dolor que sintió:

¿Cómo podré abandonarte, oh Efraín? ¿Te entregaré yo, Israel? ¿Cómo podré yo hacerte como Adma, o ponerte como a Zeboim [pueblos destruidos]? Mi corazón se conmueve dentro de mí, se inflama toda mi compasión. No ejecutaré el ardor de mi ira, ni volveré para destruir a Efraín; porque Dios soy, y no hombre, el Santo en medio de ti (Os 11:8-9).

¿Habrá amor comparable? Nos trae a memoria el gran capítulo del amor, 1 Corintios 13. Observemos que ese capítulo es una descripción inmejorable del inquebrantable amor de Dios. Igual que Jeremías, todos podríamos confesar: Jehová se manifestó a mí hace ya mucho tiempo, diciendo: Con amor eterno te he amado (31:3). Y eso nos lleva a apreciar lo que nos dice Pablo, que a cuenta de ese incomparable amor Dios nos escogió en él antes de la fundación del mundo (Ef 1:4).

Imagínese, Dios, que conoce todas las cosas (incluso nuestras rebeldías y nuestros pecados) nos amó tanto que nos seleccionó y aplicó a nuestro favor todos los beneficios que se encuentran en su Hijo. E hizo eso antes de que el mundo fuera formado. Pablo explica que Dios nos mostró ese amor para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad (Ef 1:4-5).

Apreciando tal amor, entendemos por qué el texto de Juan 3:16 ha llegado a ser el favorito de todo el mundo:

Porque de tal manera amó Dios al mundo que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna.

La comunión del Espíritu Santo

La palabra griega …….a es la que en la bendición apostólica se traduce como nuestro vocablo “comunión” o “Koinonia”. Tiene tres significados. Primero, quiere decir “participación”; segundo, implica “impartir”, es decir, darle a otro de lo que se tiene; y, tercero, habla del “compañerismo” ofrecido. Cuando aplicamos esos significados a la obra que realiza el Espíritu de Dios en nuestras vidas, la declaración es fantástica.

Detengámonos un momento para sencillamente pensar en lo que todo esto significa. Primero, que una de las tres gloriosas personas de la Santa Trinidad ahora participa con nosotros, porque simplemente somos hijos de Dios. Participa en nuestro dolor, participa en nuestros momentos de gran gozo, participa en el trabajo que hacemos, participa en nuestras luchas y pruebas, participa en nuestros sueños y anhelos, participa en absolutamente todo lo que tiene que ver con nosotros. ¡Qué verdad más alentadora! Sólo con esa parte de la bendición apostólica se satisface plenamente la promesa de Cristo en Juan 14:16-17, que nos mandaría un Consolador de la misma calidad de Él.

Pero adicionalmente, este maravilloso Consolador nos imparte lo que tiene, es decir, su poder, sabiduría, conocimiento y persona. Debido a esas contribuciones tan especiales entendemos por qué Cristo dijo: Cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir. El me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber (Juan 16:13-15).

Una cosa más: la bendición apostólica establece la realidad del compañerismo del Trino Dios experimentado a través del Espíritu Santo. Como hijos de Dios, ¡nunca andamos solos en este mundo! En base a esa verdad el apóstol Pablo declara que somos el templo del Espíritu Santo (1 Cor 6:19-20). Ahí, en el barrio, en la calle, en el bus, en el auto —dondequiera que estemos—  junto a nosotros está el Espíritu Santo de Dios.

Esa figura de nosotros como el templo del Espíritu Santo es singular. En otras palabras, cuando adoramos a Dios, Él también adora con nosotros. Cuando oramos, Él también ora, pero no sólo se une a nosotros en oración, sino que nos ayuda para saber cómo orar (Ro 8:26). Cuando leemos la Biblia, Él no sólo la lee con nosotros, nos enseña todas las cosas que dice y nos recuerda todo lo que dijo Jesús (Jn 14:26). Cuando cantamos, Él canta con nosotros y así realmente podemos adorar a Dios en espíritu y en verdad (Juan 4:23). Cuando servimos a Dios, Él es el que sirve con nosotros y nos ayuda en nuestras debilidades y nos da la fuerza y las habilidades para ser efectivos instrumentos suyos en este mundo (Ro 8:26 y 1 Corintios 12:4-11). ¡Qué bendito Espíritu!

Una reflexión final

Estas son las tres distintas y maravillosas cualidades que distinguen a  cada una de las tres personas de la Santa Trinidad. Cabe ahora preguntar: ¿qué significan estas mismas cualidades si las aplicáramos a Dios?

Entreguémonos a la especulación por unos momentos, como Agustín de Hipona que allá —en el quinto siglo— se preguntó: “¿Qué hacía Dios antes que hiciese el cielo y la tierra?” Por cierto, lo que hacía Dios en la eternidad pasada ni Agustín ni nosotros lo sabemos. Sin embargo, tenemos unos pocos indicios en la Biblia que nos dan a entender que nuestro Trino Dios eternamente estaba muy activo. Por ejemplo, leemos que nos escogió en él antes de la fundación del mundo… en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo (Ef1:4-5). San Pedro igualmente hace referencia a esa eternidad pasada, informándonos que fuimos destinados por Dios desde antes de la fundación del mundo (1 P 1:20). Obviamente, en la eternidad pasada Dios estuvo activamente planificando la creación y la redención de esta humanidad que se rebelaría contra Él. Allá te vio a ti y a mí y nos llamó y salvó para que pudiéramos celebrar juntos y por toda la eternidad toda esa gloria que es Dios.

Con esta bendición apostólica también podemos aseverar que el amor del Padre, la comunión del Espíritu Santo y esa obediente disposición del Hijo —que le llevó a entregar su vida por nosotros, pecadores condenados—, se hicieron muy evidentes entre las tres personas de la Santa Trinidad. Podemos deducir que el conjunto trinitario —cada persona cual Dios en todo el sentido de esa palabra— obraba en perfecta armonía y unión. Siempre cada una estaba de acuerdo, cada una contribuyendo con su singular naturaleza, dando su apoyo, asistiéndose uno al otro, promoviendo los deseos de cada uno, siempre obrando en mutua glorificación. Así siempre fue, así siempre ha sido y así siempre será, precisamente porque así es Dios.

En el Evangelio de Juan hay una indicación de lo que acabamos de explicar. Dice ese evangelio que el Padre glorifica al Hijo (Jn 8:50, 54; 12:23; 17:1) y que el Hijo glorifica al Padre (7:18; 17:4), y que el Espíritu glorifica al Hijo (16:14) quien a la vez glorifica al Padre.

No hubo tiempo cuando sólo existía el Padre, ni tiempo cuando existían sólo el Padre y el Hijo. En toda la eternidad han existido el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo en una perfección de unidad y gloriosa comunión que nos deja absolutamente maravillados. Y la promesa es que el gozo nuestro, los redimidos y transformados por la sangre de Cristo, será disfrutar de esa asombrosa perfección por siempre y para siempre.

*Este artículo es un extracto del libro del Dr. Les Thompson, La Santa Trinidad, que sirvió como base de las conferencias pastorales LOGOI 2008.