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¿Cómo debe un cristiano confrontar la muerte?

PREGUNTA:
¿Cómo debe un cristiano confrontar la muerte?

RESPUESTA:
La Biblia, al hablar de la muerte, trata el tema con una franqueza increíble. Tan devastadora es su influencia que se describe como el dominio de Satanás (He 2:14; Ap 1:18; 20:13). Se presenta al diablo como un guerrero malévolo que solo busca la destrucción (Hch 2:24; 1 Co 15:26; Ap 6:8; 20:14), y que además es como un gobernante cruel e implacable (Ro 5:14 y 17). La muerte en verdad no tiene aspecto deseable, más bien nos atemoriza a todos. Es, como dijo Pablo, el real y temible postrer enemigo del ser humano (1 Co 15:26).

A su vez, Jesucristo nos ha asegurado que por su muerte y resurrección él le ha quitado el poder a la muerte (Ro 6:9; 14:9; Col 1:18; 20:13) y que a nosotros que hemos confiado en él ya no somos sus cautivos, puesto que él nos ha emancipado (Ro 8:2, 38-39; 1 Co 3:21-22; He 2:14-15; Ap 1:18), y que cuando venga por segunda vez, destruirá la muerte para siempre (1 Co 15:23-26, 54-55; Ap 20:14; 21:4). No quiere decir que Cristo ha eliminado la muerte, cosa que es obvia, pero que la ha superado.

Fíjese en estas promesas seguras que nos permiten con valentía enfrentar este valle tan oscuro y tenebroso por el cual todos tenemos que cruzar:

  1. Al morir, si nuestra confianza está en Cristo, entraremos a la presencia inmediata de nuestro Señor (2 Co 5:8; Fil 1:23);
  2. Por medio de la resurrección seremos hechos inmortales (Lc 20:35-36; Jn 11:25-26; 1 Co 15:52-24);
  3. Por fin serán limpiadas todas nuestras lágrimas, puesto que todo lo que las causaba, será quitado (Ap 21:4);
  4. Nuestra almas se unirán a nuestros cuerpos transformados (parecidos a los de Cristo) para vivir en ese ambiente eterno (1 Co 15:35-50);
  5. En cuerpos eternos (no como almas sin forma) viviremos en la Nueva Jerusalén, disfrutando toda perfección (Ap 21:9-27; Isa 66:12-24);
  6. Será una eternidad llena de actividades, pues reinaremos con Cristo (Ro 15:12; 2 Ti 2:12; Ap 22:5).
  7. Como enseñaba Lutero, como creyentes al morir toda restante huella de depravación original será erradicada de nuestras almas; puesto que la muerte marca la última purgación del alma. Al fin nos pareceremos a Cristo.

Como conclusión podemos decir que la actitud que un cristiano debe tener ante la muerte es ambivalente: ni es buscada ni es temida. Estas dos emociones o sentimientos opuestos han de estar presentes. Porque cuando muere un ser querido hay sentimientos grandes de pena, de tristeza, de pesar y de pérdida. Por tanto, honestamente admitimos y permitimos la existencia del dolor y las lágrimas (el mejor ejemplo de esto lo vemos en Jesús y cómo actuó ante la muerte de su amigo Lázaro, Juan 11:17-44). A su vez ese dolor es convertido en esperanza verdadera —tal como sucedió con Jesús ante la tumba de Lázaro, que al muerto dio vida. Igualmente somos consolados al saber que nuestro Salvador Jesucristo en el momento de nuestra propia muerte también dirá: “¡Fulano de tal, ven fuera!”, es decir, tratándose del proceso de vida ahora en el cielo. Al morir el alma de un creyente es llevada directamente a la presencia de Cristo. En otras palabras, “¡Fulano de tal VIVE!” Realmente su alma —la esencia de su ser— está con Cristo. Ahora ese cuerpo que se enterró en el cementerio está esperando el momento en que Cristo aparezca en la nubes para volver a reunirse con su alma (1 Ts 4:16-17; 1 Co 15:52). Y si nosotros estamos vivos cuando ese evento ocurra, directamente nos transformará al llevarnos al cielo. ¡Qué gloriosa es nuestra esperanza! Por lo tanto, al enfrentar la muerte lo hacemos de forma realista, confiados en lo que Cristo hizo por nosotros, no como los demás que no tienen esperanza (1 Ts 4:13).

Les Thompson