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Cartas a Carlos: Don de evangelismo

Estimado Carlos,

Por tu carta veo la pasión que sientes por el evangelismo. Te felicito. Ahora me pides saber cómo yo cumplo con ese llamado divino tan especial.

Quizás mi respuesta te asombre. El don que tengo no es el de evangelista, es el de maestro. Te acordarás que San Pablo nos enseña que Jesucristo da dones a Sus siervos: Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo (Efesios 4:11-12). Me imagino que Dios puede dotar más de un don a una persona, pero yo me siento muy satisfecho con el que poseo: ¡ser maestro es maravilloso!

¿Puedes imaginarte el gozo que he sentido al poder enseñar la Palabra de Dios en todos los rincones de América Latina? Me siento como Pablo: A mí, que soy menos que el más pequeño de todos los santos, me fue dada esta gracia de anunciar entre los [hispanos] el evangelio de las inescrutables riquezas de Cristo (Efesios 3:8). ¡Qué honor! ¡Qué privilegio!

Por cierto, he hecho algo de evangelismo. En Cuba, en los años 1953 al 1960 me invitaron a varias iglesias para dar campañas de evangelismo. En la primerísima, poco después de llegar a Cuba, prediqué tres días en una iglesia, y solo un niño de doce años respondió a mi llamado. Te darás cuenta que rápidamente me di cuenta que no tenía el don de evangelista. Luego, del 1962 al 1977, fui invitado a participar en varias campañas del Dr. Billy Graham—el que tuvo gloriosos resultados fue él, no yo.

Donde me he sentido realizado, feliz, capaz y bendecido ha sido cuando me encuentro enseñando doctrina, teología, Biblia y temas relacionados. Con esto no quiero decir que no siento obligaciones de contar de Cristo a otros, es que el don especial que Dios me ha dado es el de enseñar —este es el campo donde Dios me ha bendecido. Las oportunidades que he tenido de introducir personas a Cristo han sido mayormente en aviones, en taxis, en hoteles.

Por ejemplo, me monté en un taxi en Lima. El chofer me preguntó a dónde quería ir. Le dije. “Favor, llevarme a la ciudad más hermosa que un hombre pueda conocer”.

—“¿Qué ciudad es esa?” me preguntó.

—“Pues, a ver si puede adivinar”, le dije.

—“¿Nueva York?”

—“No, a una mucho más bella”, le dije.

—“Seguro que es París”.

—“No, no, no. Mucho más bella que esa”.

—“Pues dígame, porque no tengo idea,” respondió el taxista.

—“Me refiero”, le dije, “a la Nueva Jerusalén”.

—“¿Nueva Jerusalén…allá en Israel?”

—“Se acerca”, le dije. —“Me refiero a la nueva y hermosa ciudad que Dios dice ha preparado para nosotros. ¿Sabe usted a dónde está y cómo llegar?”

—“No tengo idea”, respondió.

En los minutos que nos dio el viaje al aeropuerto internacional, le conté las buenas nuevas del evangelio.

Ese tipo de evangelización, creo, es el que nos pertenece a todos.  Pero, Carlos, reconozcamos que ese tipo no nos designa como aquellos que tienen el don de evangelista. Tengo unos amigos que en verdad han sido dotados con ese don. Pienso, por ejemplo, en mi buen amigo Guillermo Villanueva, un mexicano, que obviamente tiene el don de evangelista. Él va a iglesias pequeñas, y los informes que me manda cuentan de veinticinco personas que se entregaron a Cristo en un publicito, de otras dieciséis que hicieron profesión de fe en otro. Luego va a campañas en estadios, y el informe es de centenares. Yo leo sus cartas y me lleno de gozo al saber de esos éxitos. Me gusta oír acerca de multitudes que llegan al trono de la gracia.  Pero en cuanto al evangelismo, yo he tenido que contentarme con solo uno aquí y otro allá que casualmente encuentro en el camino. Mi llamado ha sido la enseñanza. Los que me vienen a escuchar son pastores —y todos, supuestamente— ya convertidos.

Doy gracias al Señor, sin embargo, por esas ocasiones cuando Él me ha permitido confrontar a pecadores con su necesidad de Cristo. Me acuerdo de un recorrido muy especial que me toco hacer en Venezuela, en el año 1998, con un querido colega, Jaime Rodríguez (años a tras él dirigía nuestro trabajo en el país). Planificamos tres seminarios para pastores —en Barinas, en Mérida, y en Maracaibo.

En Barinas fuimos recibidos por un lindo grupo de pastores, y por tres días alegremente compartimos la Palabra de Dios con ellos. Pero allí no me tocó ningún encuentro con un pagano.

Entonces, para llegar a Mérida, tomamos lo que por allá llaman un “carrito” (taxi interurbano) para hacer ese viaje hermoso de subida por los Andes Venezolanos a la bellísima ciudad universitaria de Mérida. Allí de nuevo fui bien recibido por un pequeño grupo y pude dar mis estudios bíblicos —palabras bien recibidas— pero todos eran piadosos evangélicos.

Pero entonces nos tocó tomar otro “carrito”, esta vez en camino a la ciudad de Maracaibo. Al timón nos encontramos con un ateo. De Cristo no quería saber nada, no importaba los intentos de Jaime ni la insistencia mía. Era uno de esos tipos testarudos que le invitan a uno (parafraseando las palabras de Cristo) a “salir del taxi para sacudir el polvo de los pies sobre el vehículo”.

Entonces ocurrió lo inesperado, llegamos al Río Santo Domingo que a cuenta de aguaceros torrenciales, estaba crecido y se había llevado el puente. Ahí estábamos detenidos, teniendo que llegar a Maracaibo para el servicio de apertura del seminario esa noche, pero frenados. Al rato aparecieron los militares y rápidamente levantaron un puente militar (provisional), pero era sumamente angosto, solo para el cruce de gente. En eso a nuestro irreligioso taxista se le ocurrió una idea salvadora. ¿Qué si consiguiésemos hacer un intercambio de taxis? Seguro que al otro lado habría otro taxi con pasajeros necesitando cruzar. El taxista cruzó por el puente y a los pocos minutos regresó, presentándonos al nuevo chofer con el cual había hecho los arreglos.

Nuestro nuevo chofer era genial. Quería conversar. Al enterarse que éramos pastores, enseguida comenzó a hacernos preguntas que mostraban curiosidad espiritual. Poco a poco en la conversación llegamos a hablar del crecido río que se había llevado el puente, cosa que nos sirvió de perfecta analogía. El pecado, como el crecido río, nos quebró toda posibilidad de llegar al cielo. Para llegar necesitábamos un puente. Y le contamos como Cristo, muriendo en la cruz, nos hizo ese puente fiable y seguro. Antes de llegar a Maracaibo tuvimos que hacer una parada; el taxista ahí mismo y sin demora quería arreglar cuentas con Dios.

Carlos, te he contado estos incidentes con el fin de mostrarte que con el don que Dios nos ha dado debemos estar sumamente contentos y satisfechos. Al oírte predicar y enseñar la Biblia creo que ese es el don que Dios te ha dado a ti. A veces, cuando vemos a gente que llenan estadios y tienden sus nombres en carteles, comenzamos a querer lo que Dios no nos ha dado.

Debemos estar hartos de gozo con el don que Dios nos ha regalado. Yo no soy apóstol, yo no soy profeta —ni lo quiero ser. Tampoco soy evangelista. ¡Soy pastor y maestro! Este es el don maravilloso y glorioso que Dios me regaló. Mi lugar es un aula de enseñanza donde, por la gracia y ayuda de Dios, trabajo con el fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo,  hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios (Efesios 4:12-13). Creo que también es el don tuyo. Desarróllalo al máximo. Deléitate en el tremendo placer de abrir las inescrutables verdades divinas al pueblo de Dios.

Seguro que ahora tendrás más preguntas. Acá estoy para ayudarte como pueda. Sigo orando que Dios te use poderosamente para enriquecer la vida espiritual de los miembros de tu iglesia. Sin más por el momento, tu anciano amigo.

Les Thompson

Este es un capítulo del libro de Les Thompson, Cartas a Carlos. El mismo tiene que ver no solo con las luchas, pruebas, y dificultades que llegan a ser parte existencial de la vida de un pastor, pero también con el supremo gozo que acompaña a los que sirven a Jesucristo.