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Características del líder cristiano – Parte II

por Les Thompson

El Dr. Les Thompson comparte experiencias que le llevaron a las siguientes conclusiones

Introducción

Es de esperarse que cuando un autor escribe un artículo para ser publicado, que ese escrito formal ha de ser substancioso y concreto. Pero, al leerlo, nuestra pregunta como editores es: ¿Qué hay detrás de ese escrito? ¿Cómo fue que llegó a expresar esas opiniones? ¿Cuál es la vivencia del escritor en relación a lo escrito?

Este año en esta sección hemos pedido de nuestros autores un artículo formal, pero que en un segundo artículo nos abra su corazón y nos cuente cosas personales en relación a lo escrito: ¿cómo fue que  llegó a ese entendimiento? Creemos que detrás de cada seria conclusión tiene que haber necesariamente una serie de razonamientos que le llevaron a fijar esas conclusiones. Nuestra idea editorial es poder comprender mucho de lo afirmado al llegar a conocer algo de lo que estuvo detrás de esas conclusiones.

El primer artículo fue escrito por el Dr. Les Thompson, fundador de LOGOI. El mismo se tituló: Características del líder cristiano. En este segundo artículo responde a preguntas sobre lo que dijo. Veamos cómo estas respuestas nos ayudan a comprender mucho mejor las propuestas del artículo formal.

PERMANENCIA

PREGUNTA:
¿Por qué comenzó usted con la idea de “permanencia” en el ministerio?

RESPUESTA:
Vivimos en un mundo muy movedizo. Tengo amigos que nunca sé dónde están. Vivían en Miami, pero de pronto me llaman de Chicago. Se mudan de un lugar a otro como que si eso fuera lo más normal de la vida. Quizás por esto, que la gente se muda tanto, que cada vez que voy a la farmacia para buscar mis recetas me preguntan si mi dirección sigue siendo la misma.

La idea que quise expresar en el artículo es que solo con permanencia puede una persona perseverar en el ministerio. Ser pastor es parecido a ser campesino, siembra la semilla, luego la abona, después la cultiva, entonces deja que madure, para a su tiempo cosecharla. Un pastor que comienza una labor y a los pocos meses lo abandona no da oportunidad para proteger y cuidar lo sembrado. ¿Será por eso que hoy en la iglesia vemos crecer tanta cizaña? Pocos son los que cuidan lo sembrado.

Tomemos el ejemplo de William Carey (1761-1834), el “padre” de las Misiones Modernas. Nació en Inglaterra, y se conocía como un humilde e ignorante zapatero. En su alma quemaba el anhelo de ser usado por Dios, y aprovechaba sus horas solo en la zapatería para leer, estudiar y auto educarse. Oyendo de las grandes necesidades en la India, a la edad de 32 marchó a esa tierra para servir de misionero. Por 40 años —del 1793 al 1834— predicó, fundó iglesias, hizo evangelismo, abrió clínicas, estableció la Sociedad Misionera Bautista, tradujo la Biblia entera a tres idiomas y el Nuevo Testamento a cuatro, además creó el primer diccionario de la lengua Bengalí, y también al mayor periódico del país —El Times de India. Como que si eso no hubiera sido suficiente, para mejorar la vida de los pobres campesinos, fundó la Sociedad Agrícola y Hortícola. Impactó a ese país como pocos lo han hecho. Interesantemente, antes de morir, dijo: «Si han de hablar de mi, digan que supe perseverar».

¿Dónde están los hombres de Dios que hoy se distinguen por su permanencia? Que fácil es pensar que la hierba está más verde al otro lado de la cerca.

LA VIDA PRIVADA

PREGUNTA:
En su artículo usted dice: “Una predicación pública significativa es el resultado de una vida privada efectiva”. Por favor, ¿qué nos quiere decir con eso?

RESPUESTA:
Hablo de saber aprovechar esas horas cuando estamos solos, supuestamente para estudiar y preparar nuestros estudios o prédicas. Cuando leo que el 45 por ciento de los pastores en nuestro continente son adictos a la pornografía, esto me agobia. En esos momentos libres, cuando deben estar aprendiendo y acercándose a Dios, lamentablemente están escondidos por ahí entregándose a todo lo que es totalmente contrario a lo que creemos y predicamos.

De ninguna manera pretendo ser un gran santo y dar la idea que estas tentaciones no me vienen, ni que nunca malgasto el tiempo. Al contrario, al darme cuenta de lo que esas horas libres pudieran llevarme a hacer, he aprendido a tomar medidas preventivas, para aprovecharlas en lugar de perderlas. Un ejemplo. Cuando mi segundo hijo fue al seminario, se me ocurrió la idea de estudiar las mismas asignaturas de Biblia y teología que él estudiaba. Por teléfono él me decía el texto que estudiaban y yo lo conseguía. Por teléfono me daba las asignaturas (¿cuántas páginas tenía que leer, etc.?) y yo hacía las tareas y leía lo asignado. Si tenía una pregunta, mi hijo se la hacía al profesor, y luego me daba la respuesta. ¡Cómo aprendí durante esos tres años que mi hijo Daniel estudió en el seminario! Y, qué lindo fue ese contacto especial que disfrutamos mi hijo y yo.

Luego, cuando mi hijo se graduó y fue llamado a pastorear su propia iglesia, tuve que encontrar otra manera de mantenerme ocupado. Fue entonces que decidí dedicarme a escribir libros. Ya tengo 13 libros a mi crédito (como se darán cuenta, tengo que mantenerme bien ocupado para no tener tiempo para pecar). Qué importante es aprovechar el tiempo, primero para el bien del alma de uno mismo y también para el bien de aquellos a los que Dios nos ha llamado a servir.

DOMINIO PROPIO

PREGUNTA:
Bajo el tema Dominio Propio usted menciona tres áreas donde todo pastor tiene que cuidarse mucho: Dinero, mujeres, orgullo. ¿Podría contarnos de su lucha con uno de estos tres?

RESPUESTA:
Hablemos del área del dinero. Quizás por que nunca he tenido mucho —por lo menos la cantidad que me hubiera gustado tener—, es sobre en esto que he tenido mis buenas luchas. Interesantemente, el área particular de mi lucha ha sido la de diezmar (darle a Dios lo que le corresponde). Mi excusa para no dar esas ofrendas era que, como pastor, ya le había dado mi vida a Dios, con eso —pensaba— Él debiera estar más que satisfecho.

Viene a mi memoria un dicho de Alberto Schweitzer, famoso doctor alemán que fue al África como misionero: «Si hubiere algo que tú posees y no puedes deshacerte de ello, entonces tú no lo posees, ello te posee a ti». Eso fue verdad conmigo. Como misionero sirviendo a Dios, tenía tan poco dinero que de ninguna manera quería soltarlo, ni aun para Dios.

Muchos de ustedes conocen mi historia, que mi primera esposa murió a los 27 años, dejándome viudo con tres varoncitos. Dos años más tarde —ahora trabajando en Costa Rica— me casé con Carolina y logré poder nuevamente consolidar mi familia en San José (era el año 1962). Resulta, sin embargo, que mi salario era insuficiente para cubrir todos los gastos creados por estos cambios. Llegaba el 22 o el 23 del mes y no teníamos para poner pan sobre la mesa. Esos primeros meses de casados orábamos desesperadamente y Dios contestaba y milagrosamente recibíamos el dinero que necesitábamos. A pesar de ello, los domingos, cuando era el momento de dar nuestras ofrendas, yo no daba nada. Me había convencido que era demasiado pobre. Como pastor que era, conocía muy bien las enseñanzas bíblicas sobre nuestra necesidad de ofrendar, pero eso era para otros. Mi endurecido corazón rehusaba hacerlo.

Unos cuatro meses más tarde, llegamos como al 18 del mes y se nos agotó el dinero. Oramos como siempre, pero nada, ni un centavo nos llegó. Fui donde un amigo y le pedí un préstamo, prometiendo pagárselo al mes siguiente. Ese mes se me enfermó Gregorio, el hijo más pequeño. Le tuvimos que llevar al hospital, y con el pago al médico, al hospital y las medicinas, se nos fue casi todo el dinero del nuevo mes. Fui donde otro amigo y pedí otro préstamo. Fui al que primero me prestó, le expliqué el problema, y le pedí una extensión. Llegó el tercer mes y las cosas ahora se habían puesto imposibles. Para el cuarto mes estaba literalmente ahogándome en deudas. Ahora comenzaba a preguntarme: ¿Por qué será que Dios no me oye? ¿Por qué no suple mis necesidades como Él ha prometido?

Hablé con un pastor amigo, Rubén Lores, que en aquellos días era pastor del Templo Bíblico en San José y le conté lo que me ocurría. Su primera pregunta fue: “¿Qué de tus diezmos? ¿Le has estado dando a Dios lo que le pertenece?” Cuando le conté mi filosofía sobre diezmar —que ya había dado toda mi vida a Dios, que no necesitaba darle más— él se echó a reír. “Esa idea te la dio el diablo, de ninguna manera viene de Dios”, me dijo. “Todos necesitamos dar nuestras ofrendas a Dios. Es la manera en que expresamos nuestra fe y dependencia en él”. Me recordó de la destituida viuda de Lucas 16 que en lugar de comprarse un pancito con las dos blancas que le quedaba se los ofrendó a Dios. Lores me mencionó la complacencia de Jesucristo al ver que en total dependencia en la provisión divina ella dio todo lo que tenía a Dios. Le pregunté: “¿Y cuál es la enseñanza tu sacas de esa historia?” Respondió: “Todo lo que tenemos, hasta el último centavo, viene de Dios. Con nuestras ofrendas y nuestros diezmos expresamos a Dios, no solo el agradecimiento que tenemos por suplir todas nuestras necesidades, pero que nuestra dependencia total para todo lo que necesitamos está únicamente en Él. Eso precisamente es lo que explica Malaquías, y que no darle a Dios nuestras ofrendas equivale a robarle”.

Pueden imaginarse mi arrepentimiento. Me sentí como si fuera un detestable ladrón. Pero qué perdonador es Dios. Oyó mi confesión. Cuando al mes siguiente recibí mi salario, lo primero que hice fue sacar el diezmo (y un poquito más) y lo llevé a la iglesia. Dios y yo arreglamos cuentas. De maravillosas maneras me ayudó a salir de aquellas deudas. Ahora, cuarenta y cinco años más tarde, doy gracias a Dios que por medio de esa experiencia aprendí uno de los principios cristianos más básicos e importantes. Yo que como pastor tenía el deber de enseñar a otros aprendí personalmente a obedecer el principio cristiano de ofrendar. Ahora confieso, sin ningún cuestionamiento, que uno de mis mayores gozos es darle a Dios mis diezmos y mis ofrendas sin mezquindad. Y, por si no lo sabían, en todos estos años, ni un solo mes ha fallado Dios en darme lo que necesito. Qué gran verdad: los líderes fallan por tener ideales mediocres o equivocados.

EL LLAMADO

PREGUNTA:
No hay espacio para que usted nos aclare cada una de las diez partituras que nos dio en su artículo, Características del líder cristiano. Tomemos tiempo para una última. Me interesó, Dr. Thompson, esa aseveración que usted hace, que Jesucristo llama por nombre a los que Él quiere que le sirvan como pastores. Me gustaría que nos contara acerca de la manera en que usted fue llamado.

RESPUESTA:
Fue en Cuba, en una convención en el Seminario Los Pinos Nuevos (el seminario fundado por mi padre y el Rev. Lavastida) que en el 1944 sentí ese llamado especial de Dios. Tenía 13 años de edad, y acababa de pasar por una prueba espiritual. Resulta que mi vida cristiana era muy superficial y mis padres descubrieron varios pecados que había cometido. Mi mamá me confrontó: “Leslie”, me dijo, “tu manera de vivir me convence que realmente no conoces a Cristo. Si lo conocieras, te portarías de otra manera.” Esa noche no pude dormir. Sobre mi cama Mamá había colocado un cuadro con el texto, “Tu, Dios, me ves” (palabras de la abandonada Agar cuando con Ismael, muriéndose de sed en el desierto, se vio ayudada por Dios). Igualmente yo fui ayudado esa noche, el Señor Jesucristo asegurándome del perdón de mis pecados.

Ahora, unas semanas más tarde, estábamos en plena convención. Por esa experiencia de arrepentimiento y nueva confesión de fe, mi corazón estaba abierto, dispuesto a oír de Dios y a seguirle. En uno de los cultos se predicó sobre el tema de la dedicación de la vida a Dios. Mientras se predicaba yo sentía que Dios me hablaba, que pedía mi vida, que me estaba apartando para que yo le sirviera. Cuando al final del servicio se hizo una llamada a aquellos que entregaban sus vidas para obedecer y servir a Dios toda su vida, yo alegremente fui al frente. Con otros seis o siete jóvenes ese día yo le di mi corazón a Jesucristo. Sentí en la profundidad de mí ser que Dios aceptaba mi ofrenda. De ese día en adelante sabía que iba ser un pastor, un siervo de Dios.

Interesantemente, la comprobación de ese llamado me llegó cuando tenía 19 años de edad. Estaba de vacaciones de mis estudios en el seminario. Así que no fueron los profesores que me aseguraron del llamado de Dios sobre mi vida. No fueron los varios tíos que tenía —todos pastores— que vinieron e imponer sus manos sobre mí y pronunciarme “pastor”. No fue ni mi padre ni mi madre. Me vino el llamado de una pequeña iglesia en un pueblo minero apegado a la ciudad de Johnstown, Pensilvana. La gente eran mineros, esas polvorientas y sucias piedras de carbón eran las que sabían trabajar.

Era los meses de vacaciones, y para ganarme el dinero para mis estudios, estaba trabajando en una fábrica de acero (The Bethlehem Steel Company) en la ciudad de Johnstown. Pocos días después de empezar a trabajar, de sorpresa se me acercó un hombre, Carl Frick, diciéndome: “Uno de los jefes de la compañía, el señor Ted Fairchild, me contó que usted es seminarista y me animó a hablarle. Por meses hemos estado buscando un pastor y no hemos podido encontrar a nadie. Aunque sabemos que usted no es graduado todavía, ¿vendría para predicarnos y pastorearnos este verano?” Miré a ese hombre —rústico, simple, poco pulido, pero obviamente un amante de Cristo— y otra vez sentí que el que me hablaba era el mismo Dios. Intercambiamos un poquito de información, y nos dimos la mano. Prometí estar con ellos el siguiente domingo.

Nunca olvidaré ese verano. La mayoría en la iglesia tenían el doble de mi edad, y con solo 45 asistentes se llenaba el recinto. Me imagino que el último en aparecerse como si fuera el pastor era yo, que apenas había comenzado a afeitarme. Pero cada domingo en la mañana llegaba la gente. Otro tanto llegaban el domingo en la noche. Para el miércoles, el servicio entre semana, llegaba otro tanto. Al principio había cupo para todos. Gradualmente los asientos vacíos se llenaron. Para cada prédica sentía la mano de Jesucristo, quien me había llamado, y la bendición del Espíritu Santo. En esa pequeña iglesia ese verano la gracia divina era evidente —jóvenes que se convirtieron, adultos que se arrepintieron y comenzaron a asistir fielmente a la iglesia, ancianos en Cristo que celebraban la grandeza de la Palabra de Dios conmigo a pesar de mi juventud. Todo sirvió como aprobación visible de que Dios realmente me había apartado para el ministerio.

Al fin del verano con muchos abrazos y algunas lágrimas, me despedí de mi primera congregación (tal como habíamos acordado Carl Frick y yo) y regresé para terminar mis estudios en el seminario, ahora más seguro que nunca del llamado de Dios sobre mi vida. Aunque más tarde fui examinado formalmente por mi presbiterio, y ordenado oficialmente como pastor de mi denominación, en cuanto a mí, la ordenación mía efectiva fue la de esa pequeña iglesia en aquel barrio de Johnstown, Pensilvana. Y como bendición especial, el hijo de Carl Frick es hoy un pastor en el estado de West Virginia, llamado por Dios durante aquel verano de mi inicio en el ministerio.

Nota

Si le interesó este artículo, le invitamos a leer la primera parte en: Características del lider cristiano – Parte I