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Características del líder cristiano – Parte I

por Les Thompson

Cuando a mi mente viene la palabra “líder”, hay tres textos que sobresalen:

1 Timoteo 3:1-7
Palabra fiel es ésta: Si alguno aspira al cargo de obispo [pastor, ministro, o líder de la iglesia], buena obra desea hacer. Un obispo debe ser, pues, irreprochable, marido de una sola mujer, sobrio, prudente, de conducta decorosa, hospitalario, apto para enseñar, no dado a la bebida, no pendenciero, sino amable, no contencioso, no avaricioso. Que gobierne bien su casa, teniendo a sus hijos sujetos con toda dignidad (pues si un hombre no sabe cómo gobernar su propia casa, ¿cómo podrá cuidar de la iglesia de Dios?); no un recién convertido, no sea que se envanezca y caiga en la condenación en que cayó el diablo. Debe gozar también de una buena reputación entre los de afuera de la iglesia, para que no caiga en descrédito y en el lazo del diablo.

2 Timoteo 1:7
Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio.

1 Pedro 4:10-11
Según cada uno ha recibido un don especial, úselo sirviéndoos los unos a los otros como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios. El que habla, que hable conforme a las palabras de Dios; el que sirve, que lo haga por la fortaleza que Dios da, para que en todo Dios sea glorificado mediante Jesucristo, a quien pertenecen la gloria y el dominio por los siglos de los siglos. Amén.

A mi juicio, en estos tres textos se expresan algunos de los más importantes requisitos bíblicos esenciales para una labor efectiva como pastor. Como verán en un momento, sobre eso escribiré. Pero primero, será sobre temas parecidos que estaremos escribiendo el año entero, ya que hemos designado el 2009 como EL AÑO DEL PASTOR. Con la ayuda de nuestro gran Dios y la colaboración de una selección de magníficos colegas estaremos llevándole dos artículos cada mes, artículos que le han de servir de instrucción, inspiración, reto, ánimo y ayuda. A cada autor le estamos pidiendo que trate su primer tema con mucha Biblia, y que en el segundo lo ilustre prácticamente. Queremos saber maneras en que pusieron a funcionar las ideas compartidas —si quieren, puede también contarnos las experiencias de grandes hombres de Dios del pasado que ilustran la verdad compartida. Cumpliendo estas indicaciones, creo, tendremos una excelente serie de artículos cada mes.

Ahora, para comenzar, permítanme indicarles por qué estas tres citas que les he dado han sido buenas instrucciones para mí en mi ministerio.

Un buen y efectivo ministerio debe:

Tener permanencia

La persona que persevera en su llamado es la que es admirada. Los años dan testimonio de la nobleza de su carácter, y dan prueba de su legitimidad. Aquel que se da por vencido cada vez que llega una prueba difícil es el que nunca gana la confianza de una congregación. Pablo pide que los pastores tengan una buena reputación entre los de afuera de la iglesia. Es decir, líderes que son admirados por el mundo inconverso. Tal admiración viene a consecuencia de largos años de servicio honorable. Comprende la honestidad del siervo de Dios que es estable y formal, en contraste con los escándalos tantas veces vistos en la comunidad secular. Tales líderes cristianos se ven y se admiran por la fidelidad en su relación matrimonial. Su esposa y sus hijos dan testimonio de un hombre íntegro. Contra viento y marea, año tras año, han mostrado su transparencia. Cumplen lo que dicen, viven lo que predican, y son estables como una roca. Difícil sería decir tales cosas del que se llama líder, pero no se queda lo suficiente en un sitio para en verdad poder conocerlo.

Tener pureza en su vida privada

Quizás lo más importante en la vida de un pastor es su vida privada. Lo que hace cuando está solo —y cree que nadie le observa— es lo que mejor define su carácter. Esto fue lo que se vio en la vida de Natanael cuando estaba solo debajo de la higuera. A base de observarle en esos momentos típicos, donde tantos se entregan a sus pasiones, fue que dijo Jesús: He aquí un verdadero israelita, en quien no hay engaño (Jn 1:47). En la soledad ¿qué pienso?, ¿qué deseo?, ¿qué busco?, ¿qué hago?, ¿con qué me distraigo? Una predicación pública efectiva es el resultado de una vida privada efectiva —que ha sabido en los tiempos solitarios comunicarse con Dios y dedicarse al estudio de la Palabra y a la oración. Es a estos que Dios ha dado espíritu de poder, de amor y de dominio propio (2 Ti 1:7).

Ser caracterizado por el dominio propio

  1. (Gal 5:22-23) Mas el fruto del Espíritu es… templanza
  2. (1 Ti 3:2) Pero es necesario que el obispo sea…sobrio
  3. (Tito 2:2) Que los ancianos sean sobrios
  4. (Tito 2:11-12) Enseñándonos que…vivamos en este siglo sobriamente
  5. (1 Pe 1:13) Por tanto, ceñid los lomos de vuestro entendimiento, sed sobrios
  6. (2 Pe 1:6) añadid a vuestra fe virtud; a la virtud, conocimiento; al conocimiento,  dominio propio.
  7. Se nos ha dicho repetidas veces que los tres peligros más grandes para un pastor son:
    1. Dinero
    2. Mujeres
    3. Orgullo

El dominio propio —el auto control de su dinero, su tiempo, su mente, su sexo— es básico a la vida de un pastor. La palabra griega para dominio propio es “enkrateia”, que quiere decir “fuerza”. Veamos textos donde en el original se usa esta palabra “enkrateia”:

Tenemos que protegernos en cada una de estas áreas. ¿Cómo? Apelar a Dios para recibir de él la fuerza y el poder para hacerlo. Esta es la única manera, pero al hacerlo encontraremos que Dios es fiel para hacernos victoriosos.

Dar un ejemplo consistente

  1. Josué tuvo de modelo a Moisés
  2. David a Samuel
  3. Eliseo a Elías
  4. Los discípulos a Jesús
  5. Saulo a Bernabé
  6. Timoteo y Tito a Pablo

Por ser seres débiles y frágiles, todos necesitamos buenos modelos. Al estudiar la   Biblia, es fascinante ver como ella da ejemplo de esta verdad:

¿Nos atreveríamos, como pastores, a decirle a nuestra congregación lo que dijo Pablo: Lo que también habéis aprendido y recibido y oído y visto en mí, esto practicad, y el Dios de paz estará con vosotros? (Filipenses 4:9). ¡Qué increíble modelo fue el que dio el apóstol! Y, ¿qué pasa con nosotros? ¿Acaso no tenemos al mismo Cristo? ¿Acaso no tenemos el mismo evangelio? ¿Acaso no tenemos al mismo Espíritu Santo para darnos la fuerza y el poder? “Sed imitadores de mí. ¡Así como yo sigo a Jesucristo, seguidme a mí!”. Este sigue siendo el reto de cada pastor. Qué distintas serían nuestras iglesias si realmente podríamos ser ejemplos de Cristo a nuestras congregaciones.

Tener una fuerte cualidad de resistencia

Nunca ha sido fácil ser un seguidor del Dios de la Biblia. Si quieres verificar esa verdad, pregúntale a Abel, pregúntale a José, pregúntale a Daniel, pregúntale a Jeremías, pregúntale a Pedro, pregúntales a Atanasio, pregúntale a Martín Lutero, pregúntale a cualquier miembro de tu congregación. Nuestra lucha con el mundo, con el diablo y con nuestra carne no solo es difícil, es constante. El cristiano tiene que tener más que una calidad de fe, tiene que tener una cualidad de carácter: esa habilidad para decir que, venga viento o marea, nada me mueve de Cristo. Fíjense en Nehemías al edificar las murallas caídas de Jerusalén, en una mano tenían una paleta llena de cemento, en la otra una espada para detener y resistir a sus enemigos. El problema nuestro —y la razón por la cual nos vence el mundo— es que no sabemos cómo levantar la espada. En nuestra lucha constante nos cansamos, y lo primero que dejamos caer es la espada. Nos convencemos que si mantenemos la paleta llena con actividades religiosas ya es suficiente y dejamos de batallar contra el enemigo. Recordemos que hay dos cosas que necesitamos (una paleta y una espada) para vencer al enemigo de nuestras almas. Como nos dice la Biblia: (1) someteos a Dios.(2)Resistid al diablo y huirá de vosotros(Santiago 4:7).

Poseer la condición de siervo

  1. Jesús se levantó de la cena, y se quitó su manto, y tomando una toalla, se la ciñó. Luego puso agua en un lebrillo, y comenzó a lavar los pies de los discípulos, y a enjugarlos con la toalla con que estaba ceñidoEntonces, cuando acabó de lavarles los pies, tomó su manto, y sentándose a la mesa otra vez, les dijo: ¿Sabéis lo que os he hecho? Vosotros me llamáis Maestro y Señor; y tenéis razón, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, os lavé los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. Porque os he dado ejemplo, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis. En verdad, en verdad os digo: un siervo no es mayor que su señor, ni un enviado es mayor que el que le envió. Si sabéis esto, seréis felices si lo practicáis.
  2. Nos indica Pedro, Según cada uno ha recibido un don especial, úselo sirviéndoos los unos a los otros como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios. (1 Pedro 4:10). No importa el don, no importa el título que hombres nos hayan dado, ni el puesto que esté ocupando, todos esos títulos y honores —no importa cuáles sean— todos están subordinados al título especial que Cristo me dio: ¡SIERVO! Mi deber, como el me enseñó, es tomar una toalla y ser de espíritu y corazón un siervo a mis hermanos. ¡Qué autoengaño el pensarnos jefes y mandamás, o creernos superiores en el reino de los cielos! Dios nos perdone por nuestro imperdonable orgullo.

¿Quién eres tú? ¿Quién soy yo? Tú y yo, miserables pecadores que merecíamos el infierno, fuimos perdonados por nadie menos que Jesucristo. Y, asombrosamente, de Él recibimos ese increíble llamado: el de apacentar sus ovejas. Pregúntate: ¿Cuál es tu título? ¿Cuál es el título mío? Repítalo lentamente y con énfasis; “¡Soy un siervo de Cristo!” Y por si acaso no entendíamos lo que eso significaba, nuestro mismo Salvador nos enseñó:

Tener alta confianza en su llamado divino

En el capítulo 10 de San Mateo leemos que Jesús llamó a los doce (interesantemente lo hizo por nombre) y les dio las instrucciones y la autoridad para su trabajo. Recordemos, como acabamos de apuntar, que los que son llamados para apacentar las ovejas del rebaño de Dios son “siervos”.

A cada uno nos ha llamado por nombre (si es que en realidad él nos ha llamado para servirle como pastores), por lo tanto a cada uno nos ha dado la autoridad para cumplir sus órdenes. Por esto es indispensable saber que Jesucristo es el que nos ha apartado, nos ha llamado, nos ha colocado como “siervo” suyo. Sin ese llamado, sin esa confianza, no podemos reclamar su autoridad divina para ministrar. Solo al tener esa confianza de ese llamado especial del Señor es que podemos lanzarnos confiadamente a la tarea que él nos ha dado. Ese llamado no viene por herencia (de padre a hijo), ni por relación (de esposo a esposa), ni por una congregación (que nombra a un miembro como pastor), ni por una asociación de pastores (que impone sus manos sobre una persona y la ordena como pastor). No, mis queridos hermanos, todo ese llamado es único del Gran Pastor de la Ovejas, Jesucristo. Él todavía viene, y como hizo con Abraham, Moisés, Josué, a David, Isaías, Jeremías, los Doce Discípulos, Pablo, Bernabé, Agustín, Lutero, Wesley, etc., Él sigue llamando por nombre a los que Él escoge para servirle. Como indica Hechos 13:1-3, Dios llama al individuo por nombre, la iglesia lo reconoce y aprueba, el Espíritu Santo los envía, y salen a servir con la bendición de la iglesia. Un llamado tan sagrado no es por escogencia propia, ni por nombramiento familiar. Por tanto, si en realidad Jesucristo nos ha llamado, no es en nuestra habilidad que confiamos, no es en nuestro poder que nos lanzamos. La confianza la tenemos en Él, ya que es Dios quien nos ha apartado para servirle.

Poseer una perspectiva personal especial

El apóstol Pablo ejemplificó esa correcta perspectiva que debe tener todo pastor: “Una cosa hago”, dijo él, “olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús (Filipenses 3:13). Aunque envuelto en todo el quehacer del presente, el pastor efectivo siempre está mirando el futuro. Reconoce dónde la congregación está ahora en su andar con Cristo, pero en su prédica, en sus instrucciones, en sus oraciones está mirando a lo que espera que la iglesia llegue a ser en el futuro. Su trabajo, su predicación, su expectativa está enfocada en ver un crecimiento espiritual constante. Nunca está satisfecho con lo que ve hoy, puesto que la mirada la tiene puesta en el progreso espiritual que espera de cada miembro en el mañana. Lo de hoy es para edificar lo que viene mañana. Ve un futuro tan prometedor como las gloriosas promesas de Dios. Así es que no deja que las dificultades del presente le desanimen, que los fracasos diarios en las vidas de miembros que luchan en su fe y en su obediencia le desalienten. Sus ojos los tiene puestos en Cristo, el que le ha asegurado que todo lo puede en Cristo que le fortalece (Filipenses 4:13). Realmente entra en las fronteras de su llamado para actuar, no para discutir.

Estar abiertos al aprendizaje

Por cierto, si la vista está puesta en lograr todo lo que Dios tiene para nosotros en el futuro, necesitamos estar preparados para no quedarnos atrás. Reconocemos, entonces, nuestra capacidad para crecer en conocimientos. El apóstol Pedro nos urge: con toda diligencia, añadid a vuestra fe, virtud, y a la virtud, conocimiento (2 Pedro 1:5). Creámoslo o no, un pastor es considerado como un especialista. Es, por decir, un profesional. Su especialidad es Biblia y teología. Digamos, para ilustrar esto, que estamos enfermos y vamos a un médico. Ya sabemos cual es la enfermedad que nos agobia, pues hemos ido a un buen médico. Pero al escucharle a este, al oírle diagnosticar, al verle actuar, nos damos cuenta que no sabe de qué está hablando; que el título que cuelga en la pared es comprado, que el hombre nunca ha estudiado, que no conoce de medicina, que es un charlatán.

¿Qué haríamos? Seguramente de inmediato saldríamos de su oficina. Y, si queremos proteger a los ciudadanos del pueblo, lo denunciaríamos ante las autoridades. ¿Qué debemos decir de una persona que se declara ser pastor pero no tiene estudios? Llamarse pastor equivale a decir que uno es un profesional, que ha estudiado, que conoce lo que dice, que es un una persona preparada y con capacidad para enseñar. Es más, los profesionales para mantener su licencia periódicamente tienen que tomar cursos especiales para mantenerse al día con los avances de su profesión. ¿Por qué ha de ser distinto con un pastor? Creemos que lo más importante en el mundo es la relación de un alma con Dios, y nosotros decimos ser los guardianes de las almas. Si tu y yo no nos preocupamos por nuestros conocimientos, ¿a dónde terminará la iglesia? Así pues, hagamos el hábito de crecer, de estudiar, de leer libros sobre doctrina y teología, de estudiar consejería, de estudiar los comentarios bíblicos, de mejorarnos en cada rama de nuestra profesión. Dios nos puede usar solo cuando hemos aprendido. Como dice Pedro: El que habla, que hable conforme a las palabras de Dios; el que sirve, que lo haga por la fortaleza que Dios da, para que en todo Dios sea glorificado mediante Jesucristo, a quien pertenecen la gloria y el dominio por los siglos de los siglos. Amén (1 Pedro 4:11).

Ser ejemplos de la fe

Nos dice Hebreos 11:6 Sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que El existe, y que es remunerador de los que le buscan. Entonces ese gran capítulo nos da una lista de ejemplos de la fe: Abel, Enoc, Noé, Abraham, Sara, Isaac, Jacob, José, Moisés, Rahab, Josué (por inferencia), Gedeón, Barac, Sansón, Jefté, David, y Samuel. Sigue —sin mencionar nombres— recordándonos a los mártires que murieron firmes en la fe, y termina el capítulo con estas palabras: “todos éstos, aunque alcanzaron buen testimonio mediante la fe, no recibieron lo prometido [la venida del Mesías]; proveyendo Dios alguna cosa mejor para nosotros [Jesucristo y el mensaje entero del Nuevo Testamento], para que no fuesen ellos perfeccionados aparte de nosotros. En otras palabras, los del Antiguo Testamento, igual que nosotros del Nuevo, somos perfeccionados por el mismo medio: por la fe. Y si por acaso no sabemos lo que es esta fe, nos la define en el primer versículo del capítulo: Ahora bien, la fe es la certeza de lo que se espera [la seguridad que se tiene en lo que Dios ha prometido en cuanto al cielo], la convicción de lo que no se ve. La “fe” según la Biblia, no es un sentimiento, no es algo que yo fabrico en mi mente, no es algo que yo logro por un esfuerzo duro y difícil.

La “fe” de que habla la Biblia es la certidumbre que tenemos como hijos de Dios que todo lo que Dios nos dice en su Santa Palabra es verdad. Y es más: a base de lo que nos dice esa Palabra y una convicción puesta en nuestros corazones por el Espíritu Santo, estamos convencidos y seguros que por un favor inmerecido por parte de Dios, nosotros que creemos en lo que Cristo obro en la cruz al morir por nuestros pecados, somos perdonados y, al nosotros morir, con toda seguridad iremos al cielo donde moraremos con Dios para siempre. Al leer el capítulo entero vemos que es de esa clase de “fe” que habla, como declara el versículo 13: Conforme a la fe [confianza en la Palabra de Dios] murieron todos éstos sin haber recibido lo prometido [es decir el cielo], sino mirándolo de lejos, y creyéndolo, y saludándolo, y confesando que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra.

Exactamente lo mismo que la fe nuestra, creyendo en lo que Dios nos ha prometido en su Palabra, nos lanzamos por la fe a vivir una vida que le agrada con la consecuencia que nos apartamos del mundo. Aquí en el ahora vivimos para el cielo que nos espera. Esa “fe” nos hace diferentes, nos da diferentes ambiciones, nos lleva a vivir distintos a los que creen que esta vida aquí en la tierra es todo lo que hay. Como pastores, es esa fe la que no solo predicamos, pero vivimos, pidiendo a todo el rebaño que siga nuestro ejemplo.

Nota

Si le interesó este artículo, le invitamos a leer la segunda parte: Características del líder cristiano – Parte II