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Amo la Navidad

por Les Thompson

No hay época del año que más me guste que la Navidad. Me encanta ver las calles alumbradas con todo tipo de adornos y esas luces típicas de la Navidad. Me deleito en las risas y en la alegría de gente entrando a tiendas llenas de increíbles regalos y saliendo cargando bultos debajo de sus brazos. Me son incomparables los lindos villancicos que forman la música tan típica de la Navidad. Me llena entrar a mi casa y ver el hermoso arbolito todo decorado, especialmente con atractivos regados a su orilla. Y por dentro me hace algo inexplicable escuchar el gozo de la familia cuando en unísono me reciben del trabajo con un “¡Feliz Navidad, papi!”

Sé que hay aquellos que son repelados por todo este despliegue navideño, que opinan que es un sacrilegio, y que para ellos representa un ofensivo paganismo, aun una odiosa exhibición irreligiosa. Pero, francamente, no entiendo sus objeciones.

Solo pensar en el hecho que en la Navidad el mundo entero se une para celebrar el más extraordinario evento de la historia humana, el nacimiento de Jesucristo en Belén, es para mí un milagro de Dios. Fíjense, el mundo no se detiene para celebrar el nacimiento del más famoso romano, Julio César. Ni aun para celebrar el nacimiento de Carlos Marx. Tampoco dedican un día siquiera para celebrar la hazaña científica más increíble: el aterrizaje del hombre en la luna. Pero para el nacimiento del Salvador del Mundo, tantos paganos como cristianos, ateos como irreligiosos cantan los villancicos, adornan su casas, compran regalos unos para otros, y con incuestionable alegría festejan la Navidad.

Las objeciones a la Navidad me recuerdan el incidente contado en Lucas 19, cuando los fariseos quisieron callar la celebración muy especial que se hacía a Jesús. Cuenta que “la multitud de los discípulos, gozándose, comenzó a alabar a Dios… diciendo: ¡Bendito el rey que viene en el nombre del Señor; paz en el cielo, y gloria en las alturas! [la frase me suena como un villancico]. Entonces algunos de los fariseos de entre la multitud le dijeron: Maestro, reprende a tus discípulos. Él, respondiendo, les dijo: Os digo que si éstos callaran, las piedras clamarían.”

Este hecho de que el mundo da homenaje a Jesucristo me parecen ser “las piedras” de que habló Cristo. Fíjese que es algo inexplicable que gran parte del mundo celebre la venida de Cristo al mundo —aunque lo hagan de forma inconsciente e involuntaria. Recuerde que pasan la mayor parte del año sin pensar en Dios, sin hacer nada religioso, sin adorar a nada ni a nadie. Pero, al aproximarse el 25 de en diciembre, inexplicablemente comienzan a adornan las calles, llenar sus almacenes de regalos, y a escuchar la música navideña. Aunque la adoración sea imperfectamente, el hecho es que celebran aquello tan especial que sucedió en Belén hace 2008 años. Es, repito, extraordinariamente asombroso.

El hombre no pudo haber inventado la Navidad. No puedo creer que los ateos la hubieran inventado habiendo previsto sus provechosos comerciales (más bien fue que al ver a la gente celebrando esta fecha se aprovecharon). Tampoco puedo creer que fueron los demonios y Satanás que la inventaron como un medio para desviar la gente de la fe verdadera (lo digo porque los demonios odian toda mención de Jesucristo). Estoy seguro que si la Navidad fuera satánica, otra figura sería central a la fecha, y no Jesucristo. ¿Será por esto que los demonios ahora procuran sustituir a Cristo con Santa Claus?

Y fíjense en esto: ¿qué es lo que sigue siendo lo central a la Navidad? ¿No es el pesebre? En los comercios más mundanos es donde más lujosos se encuentran los pesebres. ¿Habrá un símbolo más perfecto de lo que es la Navidad? ¡El Hijo de Dios humildemente nace en un pesebre! ¡Y pensar que el mundo entero lo celebra!

Al efecto, permítanme un desvío, algo que me sucedió que viene al caso. Anoche tuve un sueño e, inesperadamente, fue de un pesebre. Normalmente al día siguiente se me olvidan todos los sueños. Pero este sueño de anoche me quedó. Se lo cuento.

En el sueño me encontré como un intruso en la casa de José y María. Recuerdo que era en Nazaret, y por esas coincidencias que se dan en los sueños, que era varios años después del regreso de la familia luego de la huida a Egipto. No vi a María. Estaba en el taller de carpintería de José. Allí estaba con tres de sus hijos. Jesús, que tendría unos 10 años de edad, quien estaba a su lado. Los otros dos hermanitos, Santiago y Jacobo1)Mateo 13:55 nos dice: “¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos, Jacobo, José, Simón y Judas?”. (Santiago tendría unos 9 años y Jacobo 7) estaban mirando a su padre desde el otro lado de la mesa de carpintería. En el sueño, Jacobo, el muchacho más pequeño, con una mirada intensa, preguntó: “Papá, cuéntanos otra vez de cómo fue que nació mi hermano Jesús.”

Vi a José darle una mirada llena de cariño a Jesús, y entonces agacharse y tomar unos trozos de madera y comenzar a trabajarlas. Mientras hacía esto contaba de su viaje a Belén, especialmente de la gran preocupación que tenía por María, porque no podía encontrar lugar en los mesones. Me fijé que mientras contaba la historia construía un rústico pesebre. En voz suave, y en tono bajo muy masculino, dijo: “El mesero, notando que María estaba por dar a luz, nos llevó detrás del hotel al establo, y señalando a unas pajas, nos dijo que nos podríamos quedar allí. Hice lo más confortable que podía a su mamá, y esa noche nació su hermano mayor, Jesús.”

“Cuéntanos de los pastores”, insistió Jacobo. Tomando otro pedazo de madera, vi a José comenzar a formar una figura. No pude escuchar todo lo que dijo, pero si me fijé en la destreza con que trabajaba la madera y el esmero con que hizo la pequeña figura de un pastor. Entonces, los niños querían escuchar la historia de los magos. De una tabla José sacó una estrella, mientras contó cómo fue que llegaron los Magos con sus lindos camellos. Explicó que si no hubiera sido por los regalos que ellos trajeron —especialmente el oro— no hubieran podido huir a Egipto en obediencia a las instrucciones del ángel.

Recuerdo vívidamente ver la fascinación de los tres muchachos. El sueño era tan real, tan vivo, como si hubiera estado viéndolo todo en una película. Al poco rato José había creado un hermoso pesebre, con pastores, animales, y magos, incluso a María con el pequeño bebé en sus brazos.

Alguien podría decir que el sueño me vino por haber visto tantos pesebres. No lo crean, me vino porque esos detalles todos vienen de la Biblia, ninguno viene de la imaginación. Lo único que no era bíblico era la escena de José con sus tres hijos en el taller de carpintería. Pero, ¿quién me dice que no pudiera haber sucedido? Puedo asegurarles que muchas tienen que haber sido las veces que José contó esos eventos a sus hijos. ¿Qué exageración es creer también que como carpintero José hubiera creado las figuras que correspondían a ese evento tan singular en la historia del mundo?

Les aseguro que quería que continuara y continuara ese sueño. Lamenté haber despertado. Todo había sido tan real, como si lo hubiera presenciado en persona. A su vez, lo único novedoso del sueño fue ver a José en su taller de carpintería. La historia, los sucesos son todos verídicos hasta el último detalle. Ahí los tiene usted en el Evangelio de Mateo y Lucas. Y la realidad de esta historia me trae dos tipos de emociones. Una es de alegría por la grandeza de la verdad encerrada en la historia. Otra es una emoción de tristeza, porque tantos que se llaman amadores de Jesús no tienen nada que ver con la Navidad.

Tratamos de algo que es mucho más real que un sueño. Hablamos de un evento que nos llega todos los años alrededor del 25 de diciembre. Pregunto: ¿será malo, de veras, colgar luces por toda la ciudad y decorar nuestros hogares para recordar ese evento más importante de la historia, tan lleno de estrellas, y ángeles, y gozo? Ya que en Cristo encontramos el regalo inigualable del amor de Dios hacia nosotros, seres indignos, podrá ser malo que nosotros —tomando de ese ejemplo—también demos regalos a los seres que más amamos. Ya que Belén representa gozo y alegría, así como cantaron los ángeles a los pastores aquella noche, ¿será malo hacer una fiesta navideña y con los amigos celebrar ese inigualable evento? Puesto que Jesús vino para ser crucificado en un madero a cuenta de nuestros pecados, ¿será malo colocar un arbolito de Navidad, un madero que simbolice el propósito de su venida? ¿Por qué relacionarlo con pasajes oscuros del Antiguo Testamento que hablan del uso de árboles en adoración a los ídolos, cuando tiene mucho más sentido relacionarlo a la misma cruz?

Por último, ¿será malo que gente pagana que por cincuenta semanas del año no tienen nada que ver con Cristo, que ahora, en las últimas dos, lo celebren? Me hace pensar en las palabras de Pablo, cuando sus seguidores se quejaban de otros que no predicaban como él, dijo: ¿Qué, pues? Que no obstante, de todas maneras, o por pretexto o por verdad, Cristo es anunciado; y en esto me gozo, y me gozaré aún.2)Filipenses 1:18 Al pensar de toda esta controversia que se levanta en relación a la Navidad, pregúntese: ¿No será esta la mejor época del año entero para participar en los festejos y ampliamente contar a quien nos escuche de ese Cristo que tanto amamos?

References   [ + ]

1. Mateo 13:55 nos dice: “¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos, Jacobo, José, Simón y Judas?”.
2. Filipenses 1:18